lunes, 6 de agosto de 2007

Saliendo del vientre de la ballena

Hoy es el día en el que saldré del vientre de la ballena.
Luego de una convalecencia por un percance que a casi todo el mundo le pareció ridículo, luego de todo un tiempo de reposo que parece desmedido al lado del hecho que lo ameritaba, yo vuelvo al mundo, a las obligaciones normales y corrientes de todos los días. La vuelta se demoró. Hace unos diez días el traumatólogo me había negado el alta mostrándome en una pequeña placa cómo el hueso estaba demorando en cerrarse algo más de la cuenta. Sin embargo, todo estaba dentro de lo posible. Se había formado un cayo, las dos partes se iban uniendo poquito a poco… Hoy, por ejemplo, el día en que puedo caminar para donde me dé la gana, siento que el dolor todavía está allí. Atrás ha quedado un mes y medio de quietud en varios sentidos, una especie de negación del tiempo y sus particularidades. Mirando para atrás trato de recordar alguna otra instancia parecida. Recuerdo la neumonía de 2003, con sus quince días horribles de fiebres y problemas para sacar el aire de los pulmones. Y recuerdo también aquel mes y algo de 1990, una hepatitis bastante fuerte que llegó justo en el comienzo del Mundial de Italia. Pero eso era distinto. Aquel reposo fue para aquel niño una forma más de estar en el mundo materno. El mundo, todavía, esperaría unos años más para llegar con todas sus fuerzas.
La imagen evocada más arriba del “vientre de la ballena” viene, de entre otros lugares, de un libro de la Biblia que es uno de mis predilectos, tanto como lo debe ser de mucha gente. Se trata del libro de Jonás, del Antiguo Testamento. En él, Yahveh escoge a Jonás como profeta para que cumpla una misión en Nínive. Jonás se niega y se sube a una embarcación con rumbo a Tarsis (que para los hebreos era prácticamente el confín del mundo). “Pero Yahveh desencadenó un gran viento sobre el mar, y hubo en el mar una borrasca tan violenta que el barco amenazaba romperse. Los marinos tuvieron miedo y se pusieron cada uno a invocar a su dios; luego echaron al mar la carga del barco para aligerarlo. Jonás, mientras tanto, había bajado al fondo del barco, se había acostado y dormía profundamente.” Como se sabe, también, más tarde los marineros descubren que Jonás es la causa de que Yahveh hubiera desatado esa tormenta, y lo arrojan al mar. A punto de sucumbir a la fuerza de las olas, Jonás es tragado por un pez gigante (o ballena) que su dios le envía. Tres días y tres noches está Jonás en el vientre de la ballena meditando su situación hasta que decide que tiene que afrontar el mundo, y eso es aceptar la palabra que Yahveh ha hecho bajar sobre él: ir a Nínive y advertir a sus habitantes de lo que les va a ocurrir si siguen viviendo en el pecado.
La imagen del vientre de la ballena se ha correspondido de allí en más con un estado de penitencia del alma. Pero también con un estado de reposo equiparable a una muerte de la que se sale renovado, afrontando de nuevo el mundo y sus obligaciones. Una tregua del mundo, o de uno mismo. Para los románticos, por ejemplo, la imagen de la caída total, de tocar fondo, era el paso previo a la renovación verdadera, a la ascensión liberadora. Hay unos versos de William Wordsworth en su “Preludio” que ahora me vienen a la cabeza y que son una ilustración perfecta de todo esto. Pero me vienen a la cabeza los versos y no sus palabras precisas.
De todos modos, hay otro aspecto del libro de Jonás que me conmueve tanto como lo del vientre de la ballena, y es la de Jonás durmiendo en el fondo del barco en lo más terrible de la tormenta. Es una imagen de una sensualidad como pocas pueda haber. Esa es la exacta síntesis del individuo que escapa o niega al mundo y sus vicisitudes por sentirlos demasiado. Es ese repliegue en nosotros mismos que esperamos tener siempre que vamos a dormir. A mí, desde niño, mucho antes de saber cualquier cosa de Jonás y su misión, me llega de vez en cuando, en los momentos previos al sueño, la sensación de que estoy en una especie de embarcación que boga a merced de la corriente. La sensación se intensificaba más (o se intensifica, como en estos días) al escuchar en la noche profunda el ruido del mar.
Fue un mes y medio extraño. Un mes y medio en el que la sensualidad de ir durmiendo en el fondo de una nave que boga nunca faltó. Esto puede querer decir entre otras cosas que nunca madrugué, que, como me pasa normalmente cuando no tengo que ir a trabajar, me acuesto después de las cinco o las seis de la mañana luego de quedarme leyendo, escribiendo o escuchando música. Pero llega un momento en el que el mundo llama demasiado fuerte. En este mes y medio escribí un libro que terminó teniendo extrañas coincidencias con todo lo que me pasaba. (¿Extrañas coincidencias?). En ese libro aparece literalmente el vientre de la ballena, y su protagonista es de algún modo una especie de Jonás para con las obligaciones de todos los días. Pero en vez de un barco, lo que es protagonista tiene es un tanque de oxígeno. En este mes y medio por primera vez vi la versión de Disney de “Pinocho”, que me pareció una gran película. Eso me lleva a recordar no sólo lo que yo escribí, sino la lectura de “La invención de la soledad”, de Paul Auster, hace unos meses. En ella Auster hace referencias explícitas y extensas no sólo acerca del libro de Jonás, sino también acerca de “Pinocho”. Se sabe que ese libro de Auster gira en torno a la figura del padre. Por si fuera poco para mí, en este instante me doy cuenta de que mi convalecencia me llevó asimismo de vuelta hacia mi padre. Miro a mi padre comer, encender la estufa, salir a cortar leña bajo la higuera del fondo y veo cómo el paso del tiempo ha hecho cosas sobre él que me duele ver. Ya no es el hombre del que yo escuchaba historias de otros lugares cuando era adolescente. De a poco recuerdo una de las reflexiones cruciales del libro de Auster, y que dice algo así como que, llegados a cierto momento de la vida, nos terminamos transformando en el padre de nuestro padre. Algo así como Pinocho, que tiene que ir a rescatar a su propio padre del vientre de la ballena. Ahora sí me acuerdo de todas las palabras de un verso de Wordsworth: “The Child is father of the Man”: “El Niño es el padre del Hombre”.

Posdata

Quizás este fue el sueño más importante que tuve durante toda la convalecencia. Ocurrió el domingo 29 de julio.
Yo era niño y estaba en el fondo de mi casa, bajo la higuera. Era de noche. Tenía una sensación de malestar; algo como si no pudiera ver a mi madre por ninguna parte. De pronto levanto la cabeza hacia el cielo y comienzo a ver un espectáculo que me llena de emoción. Decenas de estrellas fugaces cruzaban toda la bóveda. Cada una más sorprendente que la otra. Brillantes, enormes, veloces. Mi padre, más joven, se me acerca, me rodea con un brazo y me pide que preste la mayor atención posible a las estrellas fugaces. Me pregunta si son hermosas y yo le digo que sí, que lo son. Hasta que en cierto momento una en particular asume protagonismo. Se acerca de a poco hacia nosotros, brillando ferozmente. La estrella, cada vez más cercana, empieza a ocultar el resto de la noche. Dentro de la luz de la estrella se recorta una figura humana. Mi padre extiende un brazo hacia arriba. Un segundo antes de que la estrella caiga sobre mí, mi padre dice “¡Mirá! Es el arcángel Gabriel que viene…”.

Ese 29 de julio yo miraba el cielo nocturno y vi una estrella fugaz grande y anaranjada cruzar desde el este hasta el nordeste. Esa estrella me hizo acordarme del sueño.


3 comentarios:

Ignacio dijo...

estrela, estrela,
como ser assim,
tao só, tao só,
e nunca sofrer
brilhar, brilhar,
ao vento frio
de um lugar qualquer
.............
ser o que se é

Bem vindo ao mundo llarvizao!

fernanda dijo...

Hola Damián, qué belleza de sueño!
Me alegro de que el 6 de agosto de 2007 hayas vuelto a caminar.

Saludos desde lejos

Damián González Bertolino dijo...

Fernanda:

Muchas gracias.
Sí, fue un sueño hermoso y al mismo tiempo impactante y pleno de sugerencias y referencias íntimas. Y sí, volví a caminar, aunque tardé un poco más en jugar al fútbol.
Un abrazo.