domingo, 4 de mayo de 2008

Los malabarismos de un irresponsable


Ayer de tarde terminé de leer las dos primeras de las cuatro historias que componen el último libro de César Aira: "Las aventuras de Barbaverde". Se trata de "El gran salmón" y de "El secreto del Presente". En realidad, para el ritmo de publicación al que nos tiene acostumbrados Aira, cada una de estas historias podría funcionar como una nouvelle. Tienen prácticamente la misma extensión, o más en algún caso, que las novelas que ha publicado para la editorial Interzona ("Yo era una niña de siete años" y "Yo era una chica moderna"), que también, según se dice, conforman una serie.
Hay por lo menos dos cosas que me fascinan de Aira: su imaginación y su (llamémosle así) irreverencia para con ciertas figuraciones de la escritura, o sea, su manera de "no importarle" determinados horizontes de expectativa que se puedan generar en torno a un tipo de escritura, a un modelo de escritor, a una determinada función de la literatura, a una cierta tradición. Pero por lo menos, esa irreverencia puede develar, de manera inversa, cierta preocupación. Hace unos días un amigo me preguntaba por qué me gustaba tanto Aira, justamente. Y mientras trataba de darle una forma a esos sentimientos tan difusos que me genera leerlo, con la intermitencia del messenger, empezó a surgir la idea de que Aira es como un niño, un niño prodigio y caprichoso que hace lo que se le viene en gana. Pero así y todo esa imagen es insuficiente, hace agua por algunos lados. Lo que sí es cierto es que Aira posee un gran talento para escribir, y como los grandes artistas, a veces subyuga los procedimientos de creación para llevarlos a otra parte. Como se dice que han hecho algunos grandes al final de su carrera, planteando cosas que no tienen nada que ver con lo que han hecho, Aira siempre tiene presente en su proceso de escritura, que se desenvuelve y continúa libro a libro, la renovación, el planteamiento de un nuevo procedimiento que desemboque en un nuevo modelo. En este último caso, con "Las aventuras de Barbaverde", aborda el mundo de los superhéroes y los villanos, asiéndose de todo el arsenal de recursos y lugares comunes del género. Pero, por si fuera poco, he notado algo así como una desescritura, una manera de subvertir esas "normas", esas maneras entendidas como correctas para exponer determinados asuntos dentro del desarrollo del relato. Por ejemplo, sucede algo imprevisto, o algo que no encaja con lo anterior, y ahí nomás el narrador no tiene ningún empacho en decir que se había olvidado de mencionar algo para que todo pueda entenderse. Creo que, considerado en algún escritor nuevo (por lo menos en un escritor nuevo) eso puede atribuirse a la falta de autocorrección, a la impericia, etc., pero en el caso de Aira es sumamente sospechoso, desde luego. Parece que Aira se hace el bobo, que no cumple con el A, B, C del narrar. Y ahí hay que ver una postura, una postura contra algo o en la línea de uno vaya a saber qué, pero hay una inflexión.
Hace unos días leía algunas reseñas de libros de Aira en el blog www.ininteresante.blogspot.com y en general tuve que coincidir con muchas cosas que se decían allí, pero hubo una afirmación que me llamó la atención. Salteándose ciertas formalidades, quien escribía decía que Aira es, lisa y llanamente, Bioy Casares, Bioy Casares en esta época, en un contexto argentino con particularidades muy diferentes. Yo, sin embargo, había tenido una idea similar. Que Aira es hoy lo que Borges fue para otra Argentina. Por lo siguiente... Comparada con las obras de otros contemporáneos, dónde se podía encontrar en la obra de Borges una referencia (¿realista?) a lo que pasaba en el país en los años que le tocó vivir. Borges se iba para atrás, hacia un mundo de compadritos que ya no existía, hacia el siglo XIX pampeano y su fascinación por lo fronterizo, que lo hizo apelar a la Banda Oriental más que al Uruguay. Con Aira sucede exactamente lo mismo. ¿Qué podemos saber de la Argentina de hoy por sus ficciones? Se puede decir que una novela como "Las noches de Flores" (2004) es sucedánea de la crisis de 2002, pero Aira ni siquiera se interesa o pone el énfasis en la crítica social. Esa novela termina directamente en las estrellas. Aira escribe historias que, retomando esa fascinación post-Borges, ocurren en el XIX, o historias que transcurren en otros lugares distantes del mundo (China, Grecia, Italia, Rusia, Honduras, Colombia, Polonia, etc.). Yo creo que, la misma negación del entorno social específico que circunda al escritor de carne y hueso como materia para sus narraciones, es también una réplica, una política indirecta. En ese sentido creo también que Aira dice mucho de la Argentina de hoy, aunque su última obra hable del superhéroe Barbaverde y tenga como comienzo un final del mundo que tiene como epicentro (otra vez más) la ciudad de Rosario.
"El gran salmón" es la primera de las historias del libro. En síntesis trata acerca de la aparición, en la órbita de la Tierra, de un enorme salmón (nunca queda muy claro si es un salmón, pero lo llaman así, qué más da) que llega de los confines del Universo para hacer peligrar a la Humanidad. Ha sido traído por el profesor Frasca (enemigo acérrimo y elemental de Barbaverde) y mide exactamante cincuenta millones de años luz. Rosario es el centro de la historia porque el salmón queda apuntando con su boca a esa ciudad. Por momentos la historia, como decimos de forma criolla, parece no tener pies ni cabeza, es un delirio permanente. Sin embargo la historia toma forma, es, increíblemente, creíble.
Hay otro aspecto que me ha llamado la atención en esta lectura parcial de "Las aventuras de Barbaverde" (me faltan "Los juguetes" y "En el gran hotel") y es la perspectiva con la que se narra, que a priori puede resultar incómoda para los que están habituados a leer historias de superhéroes. Aira parece dar vuelta como una media ciertas convenciones del género, y eso se nota en el punto que elige para narrar. Aira rompe con el modelo básico de situar la mirada en el superhéroe en los momentos precisos en que la aventura se insinúa, se transita y se consuma. Si el superhéroe es un ser misterioso (si juega con el componente del misterio de quién es y el riesgo de no ser descubierto, por aquello de que el héroe, como condición esencial, es "distinto" al resto de los seres de su comunidad) es precisamente porque hay un otro lado, otros personajes posibles para los que esa experiencia es todo misterio, personajes que determinan el misterio, porque este está elaborado en relación a ellos. Aira pone la historia, si de experimentar se trata, desde el otro lado, salteándose rotundamente la perspectiva puesta en las peripecias del superhéroe y contando los ecos de ellas en quienes están atentos a los sucesos. Como si se apoyara un vaso sobre una mesa, Aira no narra el hecho de cómo el vaso se apoya (o trata de no hacerlo, hasta donde le permite la lógica del relato), sino que parte de la marca del vaso para realizar una inferencia del incidente.
Es sobre el final de "El secreto del Presente" que sucede una de las cosas más importantes de la obra, y que se impone como una especie de centro neurálgico de la escritura que Aira desarrolla aquí. Es el encuentro entre el protagonista, el periodista Aldo Sabor, y Sergio. Aldo Sabor ha seguido las aventuras de Barbaverde en Egipto a través de Karina, que ha devenido en corresponsal involuntaria, y ha tenido en vilo a los lectores del diario rosarino El Orden a lo largo del mes en que se han desarrollado los sucesos. Sabor se descubre escritor, ha logrado que la gente se entusiasme leyendo esa historia, día a día, entrega a entrega. Acá nos podemos dar cuenta también de que Sabor termina siendo una especie de alter-ego de Aira. Puede que Sabor no haya contado en sus crónicas algo tan distinto a lo que nosotros hemos leído. El encuentro con Sergio es muy gracioso:
"-¿Hoy escribís el último artículo de la serie? ¿El gran final? ¡Qué bien la hiciste! ¡Vos sí que sos un macaneador de primera! Me los leí todos, no vayas a creer que hablo por boca de ganso. Tenés una imaginación de la San Puta.
Sabor, con helada ironía:
-Gracias.
-No, pero hablando en serio, ¡qué desastre! Qué bajo ha caído El Orden, para publicar tanta pavada, con las cosas importantes que pasan en el mundo. Aunque la culpa no es del diario sino del público, que pide morbo y frivolidad. Por supuesto, vos escribís lo que escribís para reírte de todo el mundo, no te importa nada, sos un postmoderno. Lo que hay que reconocerte es el color que le ponés. Tenés garra, lástima que no sepas escribir. (...) ¡Ojo, que no te estoy restando méritos! Ya te dije que leí todas tus notas. Es cierto que las leí para reírme nada más. Pero también es cierto que terminé sintiendo algún interés, aunque más no fuera para saber cómo te las ibas a arreglar para seguir adelante. Los malabarismos de un irresponsable pueden ser fascinantes de contemplar. (...)"

Ahora, hablado de alter-egos, es Sergio el que parece ser Aira, el Aira que se adelanta a lo que puedan decir sobre él y el relato que ha escrito, el Aira que se despacha hasta con su resistencia a que lo traten de "post-moderno", el Aira que dice: "sí, escribí esto, tal cual". Así parece que cualquier crítica se condiciona, el autor, como el esquivo Barbaverde, pasa a ser ese conejo blanco de la narrativa argentina que nadie puede atrapar.

2 comentarios:

Ignacio dijo...

Sabor: ¡robás!

Anónimo dijo...

Nacho...
Nos conmueve tu hermoso palíndromo..
Sigue así , mejorando..