jueves, 14 de mayo de 2009

do / don't



Ya casi es el mediodía. Camino por Roosevelt aguantando el viento y las oleadas de lluvia. Tal vez me quedan como seis o siete cuadras para llegar a la casa de la abuela materna de la niña M, cuando empiezo a pensar en el resto del día. Cruzo la rotonda, paso por una estación de servicio, saludo en los semáforos a un conocido que me saluda a su vez desde el interior de su auto (¡Ah! Ahora tiene auto, me digo...) y de inmediato veo el supermercado en la manzana siguiente. Me anoto mentalmente las cosas que hay que comprar, pero no ahora, más tarde, en algún huequito de la tarde. Sigo pensando... Ir a buscar a la niña M, subir a un ómnibus con ella, llegar a casa, prender las estufas, poner a calentar algo para el almuerzo, esperar a V., corregir escritos, leer un poco, después sí, ir al supermercado en una escapada en bicicleta a través de la tormenta, planear un par de clases, cosas por el estilo. Pero allá al final queda un espacio más o menos elástico... Hay un momento de la noche en el que puedo apartar lo que haya encima de la cocina y llevarme el cuaderno, una lapicera y la computadora, después prendo la lámpara portátil. Ahí puedo escribir aunque sea una página hasta que digo está bien, el día tiene que terminar. Y me está pasando en estos últimos tiempos que me doy cuenta de que tengo en la vuelta al menos un par de historias que se están terminando, que se juntan con otras historias que ya fueron terminadas. No va a venir aquí el lloriqueo de no haber publicado y todo eso. Esas cosas pasan. Estaba pensando en lo otro, en lo inalterable: que uno escribe, más allá de ser leído por dos o por quinientos, que uno sabe que llega un momento del día en el que ya se terminó con las obligaciones y que otro asunto queda aguardando allí, a un costado... Llego a la rotonda siguiente con ese pensamiento fijo: si hay ciertas cosas, dispuestas de tal manera que al final, y a través de todo eso, puedo encontrar algo mío, entonces, me digo, entonces está bien. No me molesta la repetición, el tema no es con la repetición. Siempre tengo en la vuelta una frase de Orhan Pamuk que me encontré en verano y que reescribí en mi diario: "¿Es un defecto ser feliz? (...) De vez en cuando también he pensado que ser feliz no es un defecto, sino una muestra de inteligencia. Cuando mi hija Rüya y yo vamos a bañarnos al mar soy el hombre más feliz del mundo. ¿Qué puede pretender el hombre más feliz del mundo? Seguir siéndolo. Y uno comprende que para conseguirlo debe hacer siempre las mismas cosas. Aquí nosotros siempre hacemos lo mismo". (Al margen, bastante al margen: Esto me recuerda una vez más a cuando viví en Minas, a algo que pensaba continuamente cuando vivía allí. Yo no conocía a Pamuk ni de nombre, desde luego, pero yo intuía que mucha gente que conocí en ese lugar había alcanzado cierto tipo de felicidad que les llegaba de la repetición de ciertas acciones simples y al mismo tiempo elementales, simples en su superficie, claro... Esa especie de felicidad dentro de un ciclo que nunca se cortaba, que era como ver que un viento que anunciaba una nueva estación determinaba cambios en la vida, esa especie de felicidad, digo, me fascinaba. No era la mía, la que yo buscaba, pero eso no la hacía menos que otras).
"Terminé mi historia número 65", dice la entrevistada. Estoy sentado en el sillón esperando que pare un poco la lluvia para poder salir con la niña M hacia la parada. Ella y el niño B están sentados en la silla mecedora y miran dibujitos. Yo leo en una revista Paula que saqué del revistero de mi suegra una entrevista a Amélie Nothomb. El periodista se pone zalamero, le dice que es fiel a otro belga prolífico: Georges Simenon. ¿Va a llegar a las doscientas novelas?... Mmmm... Ella no sabe, no, ¡qué pregunta! Pero por ahora escribe y sabe que tiene muchas historias todavía por escribir. De todos modos está contenta porque terminó la 65. El periodista pregunta: ¿y cuántas ha publicado hasta ahora?... Diecisiete, responde Nothomb... Y entonces viene la pregunta de cajón: ¿Y por qué no las publica todas?... Hay historias que no son importantes como para publicar, que son más para mí, responde la escritora. No termino la entrevista. La tormenta amaina y salimos. Llegamos a la terminal y el ómnibus aparece en seguida. Viene lleno de estudiantes. Subimos. Tengo un lío con la niña M cargada sobre un brazo, la mochila asida de un lado solo, el paraguas y el cambio y el boleto y el arranque... Un chico se levanta de su asiento y me lo cede... Me siento con la niña M en la falda, dejo el paraguas y la mochila en el piso y miro hacia afuera a través del vidrio empañado pensando que es grandioso viajar con niños, que es como tener un boleto con comodín o como imponer una suerte de fuero inapelable. El viaje se hace corto. Suben alumnos, me ven sentado tras el chofer y me saludan. La niña M pregunta por el nombre de cada uno. La chica que está sentada a nuestro lado se pone de pie y le cede el asiento a una mujer más o menos cincuentona, algo baja. Tiene el pelo de un color amarillo que me hace acordar al pelo de algunas muñecas. Después me fijo en sus championes revestidos de charol negro y pienso que todo encaja. La niña M va concentrada en cada cosa del camino, en el estadio, en el cuartel de bomberos, en un pegotín de Bugs Bunny que ve detrás de una camioneta, etc., pero cada vez que se da vuelta y mira hacia la puerta del ómnibus, la mujer del pelo de muñeca hace lo posible por llamarle la atención. Hasta que lo logra, por supuesto.
-¡Hola, linda! -le dice.
La niña M la mira de reojo, pestañeando.
-¡Hola! -vuelve a decir la mujer -¿No te reís?...
La niña M sacude la cabeza.
-No, no me río... -contesta, y se da vuelta para seguir mirando por la ventana.
Yo también giro y me hago el que de repente vi a un conocido cruzando en una esquina, o algo por el estilo. Me muerdo los labios para no soltar la carcajada. No puedo parar. Y entonces empiezo a llorar pegado al pelo de la niña M. Hasta que la tentación pasa.
Más tarde... La niña M duerme sobre el sillón al lado de la estufa. V., a un costado, termina de leer un libro. Yo estoy navegando en internet, sobrevolando algunos blogs vecinos y pensando en escribir algo para el mío, pero con aquellas palabras de la entrevista a Nothomb presentes. Hoy es jueves 14 de mayo, me digo. Miro hacia la biblioteca en la que están los diarios de Virginia Woolf y los reviso buscando justamente una anotación que no corresponda solamente a un 14 de mayo, sino a un jueves 14 de mayo. Y la encuentro en el año 1925:
"Oh qué día de campo -y algunos de mis amigos están leyendo ahora La señora Dalloway en el campo. Pero lo curioso es esto: honestamente, apenas si estoy nerviosa respecto a La sra. D. ¿Por qué será? La verdad es que escribir es el placer profundo y ser leído, el superficial."
Y así es como de verdad empezó este texto.

7 comentarios:

fernanda dijo...

Ay, Damián, qué bueno. Me encantó. ¡Esa forma que tenés de hacer que las cosas más cotidianas parezcan interesantísimas! Bah, en realidad lo son, pero vos lográs que uno se acuerde. Como aquel post de la bicicleta y las mandarinas.
Hermoso post, lleno de capas... queda girando como un trompo en la cabeza.

Abrazo,
F

Archiduque de Applecore dijo...

Coincido con Fer...
Me mató la tentación en el ómnibus. Y sí, Matilde la maaata...

Abrazo!
A.A

Ignacio dijo...

Estuve ahí en el ómnibus. Y sí, como dice Fernanda, la magia está a cada segundo y sólo hay que abrir los ojos.
Ayer y anteayer estuve en Montevideo -en el CODICEN- en un taller de narración oral. Vino un mexicano que narraba y explicaba cómo narrar. Parte del taller implicaba que preparáramos un cuento y lo narráramos frente a toda la concurrencia. Por falta de tiempo, no me tocó. Quedé con la sangre en el ojo. Entonces, después de tomarme un incómodo COPSA (se ve que los chinos son angostos, a juzgar por los asientos que hacen), llegué a Maldonado rumbo a mi clase de portugués. Mientras bajaba por 18 de julio, resolví sacarme las ganas. "Les voy a contar a ellos..." El problema era qué cuento contar. Fácil: el mismo pero traducido, eso se puede. Y bueno, me puse ahí, vestido de negro como deben los narradores orales, compacté el auditorio, hice el discursito previo y me lancé, con los pies a la misma altura que los hombros. Noté como, sin demasiada dificultad, cumplía con las pautas del mexicano. Ellos se reían, es decir, entendían. Y, en un punto, mi nuca carente se erizó. Eso es felicidad.
Un abrazo.

fernanda dijo...

Ignacio, los mexicanos son unos genios de la narración oral. Hace un tiempo un amigo me prestó un ¡cassette! con cuentos orales de un escritor mexicano (ahora no recuerdo el nombre, voy a preguntar) y fue una experiencia totalmente increíble. Increíble, en serio. Me parecía que veía la película, los cascos de los caballos, los oía; el señor que quería volar, lo veía con mis propios ojos. Además cuentan con una gracia, que no tiene comparación alguna. No sé cual será el secreto... ¿Te lo explicó el mexicano?

Saludos, F

Ignacio dijo...

Sí, explicó. No es difícil, basta la pasión y el resto fluye. Acabo de insertar un homenaje a él en mi texto que se alarga.
Lo del cassette... Me hace acordar a cuando, siendo yo niño, mis padres conseguían cassettes con la voz de uno que estaba fuera del país y le daba razones a los que estaban adentro... Gran abrazo.
I.

Hebert Zarrizuela dijo...

Precioso texto, Damián. Lográs que las imágenes queden pegadas para siempre: detalladas, lúcidas, conmovedoras.
Un abrazo grande.
L.

Damián González Bertolino dijo...

Amitikis:

Muchas gracias, siempre, por los comentarios que ponen. Me dejan muy contento. Besos...