miércoles, 6 de mayo de 2009

Los alienados (VI)


Ahora la cuestión quedaba entre él y el jefe. En medio de la pelea sólo llegó a ver la expresión desesperada de Olga antes de que la puerta de la oficina se la tragara del todo. Aunque en realidad había repartido por igual su atención entre la cara y los senos. Con esa imagen fija de los pechos bamboléandose hacia un costado y el otro Mariano avanzó hacia la puerta y la derribó de una patada. Eso también le llamó la atención. O la puerta había sido colocada con unas bisagras de mala calidad o realmente estaba presenciado el descubrimiento de fuerzas que le eran desconocidas. La puerta salió escupida hacia la pared opuesta, golpeando y volteando una mesa con varios aparatos encima. Pero en la oficina no había nadie. Miró hacia el otro extremo y sólo notó el leve movimiento de una cortina que se agitaba con un girón de viento. Luego se fijó en los aparatos que se habían caído al suelo. Había un teléfono con fax, un monitor, una máquina de café... lo normal en una oficina. Sin embargo hubo un objeto que lo atrajo de tal modo que se olvidó de qué era lo que estaba haciendo allí. Se trataba de una bola transparente hecha con un material que le pareció acrílico. Del centro salían unas agujas de distinto grosor que terminaban sobresaliendo varios centímetros por encima de la superficie. Parecía un erizo, pero no tenía mucho que ver con un erizo. El muchacho se agachó y apoyó con suavidad la palma de una mano sobre la punta de una de la agujas, como para comprobar si hacían daño. La aguja adquirió un color verde intenso y comenzó a brillar más y más hasta que el muchacho percibió a lo largo de la misma unos puntos que se movían igual que los organismos vistos por un microscopio. Entonces tomó la bola con suavidad y acercó la punta de la aguja a su ojo derecho. Lo que vio lo dejó sin respuesta. Y si continuó observándolo, fue porque le costó reaccionar. Mirando por allí se había encontrado con la cara más fea que había visto en toda su vida. Y ni siquiera se podía afirmar que eso fuera una cara. Era una cosa incomprensible que en algún instante se asemejó a un rostro por determinada disposición de las partes que lo componían. Y si hubiera tenido una expresión, el muchacho habría pensado que eso que veía estaba molesto. Ahí nomás sintió dentro de su cabeza un sonido similar a un zumbido. Le resultaba familiar de alguna parte, pero no podía precisarlo, aunque eso no lo hacía menos incomprensible.
-Bipiribipirob piribib piribip piririboborop ¡¡¡¡¡boropopipipipip!!!!!...
Alejó la bola de su ojo y se dio cuenta de que varias de las restantes agujas se habían encendido de la misma manera, cada una con un color distinto. En una y otra vio cosas similares, pero lo que escuchaba en su cabeza cambiaba de continuo. Era insoportable. Así que levantó el objeto por encima de su cabeza y lo estrelló contra la pared. Fue como si hubiera arrojado un huevo gigantesco. Las agujas se quebraron y cayeron tintineando, mientras que el resto se deshizo en una mancha amarronada que se estiraba hacia todas partes como si no respetara la ley de gravedad.
Eso había sido sufienciente.
-¡Qué estúpido! -dijo.
Y se le ocurrió que la frase era mitad para él, que había dado una gran ventaja al tipo que había raptado a la muchacha, y mitad para el objeto que había destruido. Fue un pensamiento que le pareció complejo, y eso le dio un ánimo renovado para correr hacia la ventana y apartar la cortina de un manotazo. Sin querer arrancó todo, la cortina, las argollas, el palo y un poco del revoque de la pared. Pero no se entretuvo en contemplar. Tenía por delante un problema que resolver, que era descubrir por dónde habían salido aquellos dos. Calculó que por la ventana apenas si podía pasar un niño pequeño, y esa era la única salida disponible dejando de lado la puerta que había derribado. Se adelantó y se asomó a un patio donde había por lo menos media docena de sábanas y varias toallas colgadas de cuerdas que atravesaban el espacio de lado a lado. Las sábanas se hinchaban como las velas de una embarcación y un par de segundos después se desvanecían hasta quedar verticales. Tenían que estar por allí, escondidos quizás detrás de las sábanas, pensó. Dio un último vistazo hacia los alrededores del patio y captó la tranquilidad que allí reinaba. De todos modos, no lo pensó más: se apartó medio metro y golpeó con una suela la parte inferior de la ventana. La abertura se agrandó sin mucho estruendo y algunos cascotes gruesos volaron hacia el patio y se amortiguaron en las panzas que formaban las sábanas. Luego dio un paso y entró al patio atravesando el polvo que inundaba el aire. No tenía idea del aspecto que tenía con todas esas paredes atravesadas, pero lo que sí sabía era el baño que se iba a dar al llegar a la casa de la doña. Eso iba a suceder más tarde, se decía, una vez que terminara con lo que tenía que terminar. Sin embargo, ese pensamiento también tuvo que interrumpirse. Unas voces que llegaban desde la oficina hacían un eco insoportable en el patio. Se dio vuelta y vio a las dos empleadas que habían estado al frente de la heladería hasta unos pocos segundos atrás. No lo miraban, no parecían prestarle mucha atención. Sólo daban vueltas al escritorio volcado, en una especie de baile bastante pobre. Levantaban exageradamente las rodillas a cada paso, juntaban ambas manos por debajo, a la altura del vientre, y un poco después las separaban y las elevaban con los puños apretados. Eso una y otra vez, y cantando a coro:
-¡RE-LU-CIÓN! ¡RE-LU-CIÓN! ¡RE-LU-CIÓN!...
Mariano no tenía ni idea de lo que significaba el alboroto que estaban haciendo, y en seguida les dio la espalda para concentrarse en lo que había en el patio.
Allí no había nada, ni siquiera un perro, como había temido. Sólo el viento que entraba desde arriba y se volcaba sobre las cuerdas. Atravesó el lugar sintiendo la caricia que le hacía cada sábana hasta que llegó al comienzo de un pasillo. Hacia ambos costados vio ventanas iluminadas y escuchó los ruidos normales en una casa a esa hora de la noche. Apuró el paso caminando semiagachado y se encontró con la vereda que quedaba a la vuelta del local de diarios y revistas. Conocía muy bien esa calle, no era una calle céntrica ni una de las del borde de la ciudad, pero a esa hora y en esa época del año era como la última calle de todas.
Ahora viene la parte de la persecución y la pelea...
Aunque a decir verdad, al principio no hubo mucha acción. Poca cosa... Poquísima...
Mariano corrió hasta la esquina y al mirar hacia el siguiente final de cuadra llegó a ver la cabellera de la muchacha desapareciendo tras otra esquina. Aceleró el paso y alcanzó al jefe y a Olga a mitad de cuadra. La pelea fue breve. El jefe soltó a Olga sobre las baldosas. Pero ella no se preocupó por los golpes. Se arrastró hacia el cordón y se quedó allí esperando lo que sucediera. El muchacho vio una vez más los senos colgando por fuera del uniforme de la heladería y sintió que eso le daba nuevas fuerzas para destrozar a su oponente. Y terminó siendo mucho más sencillo de lo que había calculado. Sólo tuvo que amagar de izquierda y luego meter un directo de derecha a la mandíbula del otro. En un primer instante Mariano pensó que se le iba a venir encima, pero comprobó de inmediato que si se presentaba esa posibilidad él vencería de una manera u otra. Pudo ver mejor a su oponente mientras se tambaleaba. Estaba fuera de forma, con el vientre desbordado sobre el pantalón como una sandía oculta bajo la camisa y chorreando sudor por la frente, el cuello y las axilas. Tan sólo el hecho de haber arrastrado a su empleada hasta aquel lugar tenía que haberle restado gran parte de toda su energía. Y de pronto cayó; se fue al suelo de espaldas y quedó tumbado como si acabara de morir. El muchacho no sabía qué podía llegar a pasar si el otro se quedaba muerto ahí, pero apenas se fijó en la mujer todos sus pensamientos se enfocaron en ella. Hacía tiempo que no miraba a una mujer tan de cerca; en realidad, podría decirse que nunca había sostenido la mirada de una mujer tanto tiempo seguido como lo estaba haciendo en ese instante. Olga, por su parte, había pasado de ver la figura derrumbada del jefe a observar en detalle aquel cuerpo imponente que se le acercaba, el cuerpo de ese humano que había hecho por ella algo que estaba comenzando a entender. Mariano, a su vez, le sonreía con la mitad de la boca y entrecerraba los ojos. Había en esa mirada un claro mensaje que podía entender: "No te preocupes, ahora estás a salvo". Y, efectivamente, Mariano dijo un poco después:
-No te preocupes, ahora estás a salvo...
Y caminaba hacia ella separando los brazos del torso, balanceándolos a cada paso como si fueran remos que clavaba en el aire para poder avanzar.
Él, por su lado, segundo tras segundo, tenía la sensanción de que no llegaría nunca, de que sería imposible estar junto a ella y recogerla entre sus brazos. Miraba la expresión de pena de sus ojos, y sin que su vista se apartara estaba seguro de que al mismo tiempo recorría el resto del cuerpo: las piernas delgadas, brillantes y delineadas, las curvas de los muslos, la cadera y la cintura; luego los senos blancos y serenos como dos frutas sorprendidas en la noche, con el centro amoratado de sus amplios y duros pezones, que parecían el lugar por el que aquellas frutas habían estado colgando de un árbol, un árbol que a él se le había hecho prohibido durante toda su vida. Pero eso era cosa del pasado. Sus manos pasaron bajo la espalda y las piernas de la muchacha y la levantaron en vilo sin que en ningún momento sus miradas se desviaran.
-Me salvaste. Eres fuerte... -dijo ella en un solo suspiro.
Y entonces ocurrió que cada una de las dos frases le pareció al muchacho esencialmente falsa. No había falsedad en cuanto al sentido de lo que decían, de eso no podía dudar, era una cosa que podía notar con facilidad en el brillo húmedo de sus ojos. La falsedad se revelaba en el modo de expresar eso que le parecía una verdad. Era la voz. Parecía el instrumento inadecuado para una bella composición musical. Y cuando llegó a ese razonamiento se acordó de algo que se había comentado en los primeros días en que comenzó a funcionar la heladería. Sus compañeros de trabajo, algunos clientes o conocidos no dejaban de comentar o de burlarse de la manera en que hablaban los empleados de la heladería. Era como si cada cliente fuera para ellos un rey. Y todo estaba en la voz y en la sonrisa con que acompañaban sus palabras. Había una cortesía tan afectada y falsa en el tratamiento, que hacía que muchos de los clientes tuvieran que morderse la lengua para no pasar vergüenza soltando una carcajada. Pero eso sucedía con la clientela más joven. La gente de mayor edad sólo expresaba cierta sorpresa y se alejaba chupando su helado con la idea de que quizás todo hubiera sido una tomadura de pelo. Nadie sabía bien por qué lo hacían, y nadie, que él supiera, había escuchado nunca a uno de ellos hablando fuera de la heladería. Simplemente ocurría que no los habían observado fuera del trabajo como para contemplarlos en la vida igual que a personas normales. Las primeras explicaciones que oyó estaban referidas al jefe, que al parecer estaba mal de la cabeza y temía que sus empleados fueran desabridos con los clientes. Así que ante la duda, había reforzado la buena disposición de cada empleado obligando el uso de una entonación particular. Otra explicación decía que la heladería era un negocio puesto por una iglesia evangélica que buscaba salidas laborales para sus fieles. Eso le parecía un disparate, pero en el fondo notaba que había un punto de apoyo interesante: "te vendían un helado con la misma convicción con la que te hablaban de la existencia del Señor".
Más allá de todo eso, el muchacho decidió pasar por alto esas palabras que había escuchado y concentrarse en lo que a él le interesaba: Él la había salvado, él era fuerte, su vida le pertenecía.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó.
-Olga, ¿y tú?...
-Mariano, me llamo Mariano...
-Mariano... Es un lindo nombre... Muchas gracias por todo, Mariano. Es un placer conocerte...
Otra vez el mismo tono. Olga hablaba además como si estuviera a punto de caer rendida por el cansancio.
"Se va a dormir... Tengo que hacer algo ya", pensó Mariano.

2 comentarios:

Ignacio dijo...

¿Será un galán sensible o sucumbirá al influjo de la hormonas?

Archiduque de Applecore dijo...

QUE SUCUMBA, CARAJO,QUE SUCUMBA NOMÁ...