sábado, 9 de mayo de 2009

Los alienados (VII)


Pero no estaba cansada. Olga estaba sintiendo bajo sus piernas y bajo su espalda el contacto con los brazos del otro junto al traqueteo de la marcha. Había algo nuevo allí, y era incapaz de definirlo en su pensamiento. Sólo encontraba imágenes para responder de alguna manera a lo que percibía a lo largo de toda su piel. Y en esas imágenes estaban ambos, ella y él, muy cerca. Había un campo extenso, muy verde, repleto de flores. Había un mar. Había un solo árbol. Ellos estaban bajo el árbol, que los protegía del sol, y el viento suave y tibio pasaba por sobre sus cuerpos desnudos. Esa era una primera parte de las imágenes. Se sucedían a los saltos, y ella atrapaba algunas mientras que otras se le escapaban, pero el final era un poco más preciso. Todo pasaba en el mismo sitio, hasta que poco a poco su cuerpo y el cuerpo de Mariano iban entrando en la tierra, o más bien como si la tierra fuera subiendo igual que el mar. Y cuando llegaba el final estaban debajo, mirándose como cuando se miraron por primera vez. Olga no entendía nada de aquello, y sin embargo llegaba a percibir una cosa cierta en el conjunto de las imágenes.
Mariano, por su lado, estaba preocupado por algo más práctico. Llevar a aquella mujer semidesnuda en andas a esa hora de la noche podía traerle complicaciones fatales, y justo cuando todo estaba transcurriendo de la mejor forma posible. Sabía lo que iba a hacer de ahí en más, y no le preocupaban las consecuencias. Entraría a la casa de la doña sin golpear la puerta y llevaría a Olga hasta su propio cuarto. Si la doña decía algo, le enseñaría las marcas de los golpes que la muchacha tenía en la cara, el cuello, y los hombros y le explicaría que la encontró en la calle, a punto de desmayarse. Era casi impensable que la doña no se apiadara. Después Mariano vería cómo seguirían las cosas. Probablemente, la doña se acostumbrara a la presencia de Olga en la casa. Quizás Mariano le suplicara que la dejara quedarse con él, o quizás la amenazara con llevarse todas sus cosas y buscar alquiler en otro lado, dejándola expuesta a la aparición de cualquier ladrón. Pero en su cabeza no estaba sólo lo que iba a decir la doña. Aparecían otras voces. Las voces de ellas. "¿Y qué te ofrece ella que no te podemos dar nosotras?" Sussy estaba al frente, era la portavoz, y detrás estaban las demás, la mayoría con ambas manos apoyadas en la cintura y alargando la cabeza hacia adelante como si estuvieran a punto de escupirlo. Mariano no era estúpido, sabía cuál era la diferencia.
-¡Ah!, ¿sí?... ¿Y qué vas a hacer cuando ella no esté? Porque seguro habrás pensado que ella no va a estar un día... ¿No es cierto?...
Mariano cerró los ojos con fuerza.
-Puedes tener nuestras imágenes, pero no puedes tenernos a nosotras si nosotras no queremos...
-¿Cómo?...
-Como escuchaste... ¿Y entonces qué va a aparecer en tu cabeza cuando estés por acabar? Un burro dándote por atrás... ¡Eso va a aparecer! ¡Y adiós! ¡Ja! ¿Siempre te pensaste que estábamos ahí adentro de tu cabeza como producto de tu imaginación, idiota?... Tu cerebro tiene el tamaño de un maní, no puede elaborar imágenes tan complejas. Así que era evidente que algo más tenía que existir... Y eso éramos nosotras, estúpido. Así que adiós... ¡Jaaaa!...
La risa de Sussy le zumbaba en su cabeza de una manera insoportable. Estaba pestañeando como si saliera de un estado de somnolencia cuando se encontró con los ojos de Olga, que lo interrogaban.
-¿Pasa algo?
-No, nada...
-Sí, pasa algo, estúpido. ¡¡Traidor!!
Esa era Sussy de nuevo.
-¡Callate, puta!
-¡¡Pajero mental!!...
Ya no le importaba lo que ellas opinaran. Se quedaría con Olga, decidió. Había algo que tenía Olga que no se comparaba con ninguno de los mejores momentos del depósito; había algo que se formaba en su mente allí mismo y que no se había formado antes. ¿Era eso el amor? ¿Lo estaba sintiendo realmente? ¿O era la idea del sentimiento y no el sentimiento en sí? Esas reflexiones lo dejaban abrumado. No sabía bien lo que era, y tampoco eso le causaba ninguna urgencia. Bajaba la mirada y se encontraba otra vez más con los ojos de Olga. Sus labios estaban muy juntos, apretados en una sola línea que temblaba con cada paso. Mariano se dio cuenta de que el dolor a causa de los golpes recrudecía. Además, aunque él no lo notara, estaba haciendo más frío que a la hora en que había entrado a la revistería. Olga necesitaba un lugar para descansar, y cuanto antes. Apuró la marcha y sacó cuentas de cuántas cuadras le faltarían para llegar a la casa de la doña y dar, a la vez, un buen rodeo a las inmediaciones de la heladería para evitar nuevos problemas. "Quince cuadras", calculó. "No, tal vez veinte", se dijo en seguida. "No, tienen que ser menos..."
Y así iba, contando y recontando y observando de a ratos el rostro de Olga. A veces daba un traspié y estaba a punto de caer. Entonces se decía que debía tener paciencia: ya llegaría a la casa y podría contemplar todo el tiempo que quisiera la cara de Olga; y no sólo eso: también estaba ese cuerpo. Ahora estaba pensando en que era probable que la doña dispusiera una habitación especial para la muchacha. Él no iba a contradecirla para que no se armara revuelo. Le iba a decir que sí, que muchas gracias. Olga se dormiría profundamente al fin y al cabo y la doña lo mismo. Y él se quedaría en su cama, boca arriba, mirando las manchas de humedad del techo hasta que se hiciera la hora de la noche en que la dueña de casa empezaba a roncar. Entonces iría en puntas de pie hasta la otra habitación y se acercaría a la cama de Olga. Retiraría las mantas y la sábana y se quedaría allí a un costado viendo ese cuerpo exendido.
-¡¡Pajero mental!!...
-¡No!.. ¡¡No, no!! -se decía.
Eso iba a ser distinto.
Cuando quedaban tal vez unas cinco cuadras para llegar, a la vuelta de una esquina, se cruzó con dos figuras que le parecieron conocidas.
-Acá está este hijo de mil putas... -dijo uno de ellos.
El otro se adelantó y le soltó a Mariano un puñetazo en medio de la nariz. Olga cayó al suelo y él se vio en menos de un segundo apoyado de espaldas contra una pared y mirándose las manos llenas de sangre al retirarlas de la cara. El golpe lo había mareado.
-Bien pegada, Carlitos... -escuchó que dijo uno de ellos.
No había mucha luz, el foco más próximo estaba a muchos metros de allí, pero le resultó fácil reconocer a los tipos que tenía enfrente. Sin embargo, le llevó un poco más darse cuenta del tercero que se dejaba ver al fondo, semioculto contra uno de los árboles de la vereda.
Olga estaba otra vez en el suelo como hacía unos minutos. Salvo que esta vez alargaba un brazo y trataba de aferrar el pie del que le había pegado a él.
-No, Carlos... ¡Basta, por favor!... -exclamó casi sin fuezas.
Carlos se agachó y quedó casi cara a cara con ella. Mariano miró la escena e intentó ponerse de pie, pero el otro se aproximó y lo pateó en el hígado.
-¿Y con esta qué vamos a hacer, jefe? -preguntó Carlos.
El jefe avanzó unos pasos y se paró a media distancia entre Mariano y Olga.
-Nada -dijo -Por ahora, nada... Vamos a dejarla ahí para que aprenda...
-Perfecto...
Carlos se levantó y fue hasta donde estaba Mariano. Lo tomó a medias del cuello, le descargó tres o cuatro puñetazos más y lo dejó caer. Mariano sintió un ardor intenso sobre la ceja derecha. El ojo de ese lado se le hinchó casi en seguida y tuvo que girar la cabeza para poder ver mejor con el otro. El jefe había sacado algo de un bolsillo del pantalón y se estaba inclinando sobre él.
-Ya vas a ver lo que hago contigo, la concha de tu madre... A ver quién te mandó meterte en las cosas que no te importan...
Entonces Mariano pudo ver con más claridad que lo que tenía el otro era un cuchillo; no un cuchillo muy grande, pero sí peligroso.
-Hacete el macho ahora... ¿Eh? ¡Hacete el macho, te digo!...
Cuando vio eso, Olga intentó apoyarse en un brazo, luego en otro y abalanzarse al fin sobre el jefe para desviar la posible trayectoria de la hoja del cuchillo. Pero no supo por qué se detuvo. Quedó apoyada sobre el codo derecho y con la cabeza erguida observando cómo el cuchillo se detenía brevemente en lo alto antes de caer. Mariano gimió y se apretó el vientre con ambas manos. Fue una estocada rápida; así como entró el cuchillo salió, y Olga ni siquiera dejó salir el grito que en un momento pensó que iba a dar. No pudo hacer nada. Sólo siguió el curso ascendente de la hoja manchada de sangre caliente y se detuvo al pasar en la cara del jefe. Cuando el cuchillo entró por segunda vez en el vientre del muchacho Olga no se fijó en eso. Permanecía con toda su atención dirigida a los distintos gestos que pasaban por el rostro del jefe. Había un gesto en especial que ella podía descifrar aun a través de la apariencia humana y que le recordaba otros gestos similares algún tiempo atrás, cuando la misión era sólo una idea remota que les iluminaba los ojos y les hacía temblar las antenas a todos. Era eso con exactitud. Algo como el brillo de aquellos ojos reconocía ahora Olga en el jefe, el brillo que se había extraviado en esos primeros meses en la Tierra. Los recuerdos se amontonaban en su mente de forma incontrolable; esa reflexión la había llevado a acordarse de sus últimos días en su planeta, de sus últimas palabras con sus familiares y con ciertos representantes de las autoridad. Apenas logró entenderlo cuando los otros dos la empujaron hacia adelante ante la mirada atenta del propio jefe.No había escuchado tampoco las palabras que se habían dicho sobre ella. Simplemente la empujaron y la arrojaron sobre Mariano, que respiraba en medio de hipos de los que resultaba escupiendo sangre.
-Déjenla ahí con él, a ver qué quiere hacer...
Olga sentió la tibieza de la sangre contra el costado derecho de su cadera. Levantó la cabeza y describió un semicírculo con su mirada abarcando los tres rostros impenetrables que tenía sobre sí. Fueron unos segundos interminables en los que ellos se interrogaban de reojo ante su silencio. Entonces el jefe se limpió el cuchillo contra un costado de su pantalón y se agachó una vez más apuntando con la punta de la hoja hacia el centro exacto de sus ojos.
-Es en el corazón, Olga, Olguita... -dijo el jefe en un susurro muy cálido y familiar -Para los humanos todo pasa por el corazón...
Olga aprovechó para observar mejor la expresión del jefe al hablar y verificar allí lo que había recordado. Y pudo saber que existía lo que ella había dado por perdido, o, mejor dicho, había vuelto a existir, había renacido.
Tomó el cuchillo de un veloz manotazo y lo hundió en el corazón de Mariano. El muchacho se arqueó sobre sí mismo y ella pudo aprovechar para aproximar sus ojos a los de él. En ese cruce, vio algo más, que tampoco llegaba a comprender en su totalidad. Él, en cambio, creyó entender una cosa para la que no tuvo el tiempo suficiente. En el instante en que sintió el filo desgarrando las paredes de su corazón, abrió los ojos de par en par y fue como tratar de envolver a Olga con una tela repleta de agujeros. Ese fue su fin, en una fría, sucia y perdida calle de su ciudad.
Carlos y el otro ayudaron a Olga a levantarse y a tenerse en pie. Continuaba con el cuchillo apretado en el interior de su puño, y de ese contacto subía una emoción que le daba nuevas fuerzas. El jefe se le acercó, le puso una mano en un hombro y le sonrió. Ella sonrió también. Carlos sacó de uno de los bolsillos traseros de su pantalón una botellita y se la pasó al jefe.
-La grappa -dijo.
-Nada mejor que calentarse, ahora...
Se pasaron la botella uno a uno, y para cuando los cuatro habían tomado y sentido la irradiación de un fogonazo desde el centro de sus cuerpos, una voz resonó al final de la calle dando la alarma.


Un par de hombres llegaron corriendo y vieron el cuerpo apuñalado de un muchacho joven. A su lado estaba el arma homicida y una botella de aguardiente. Nada más, a no ser el fastidio de tres o cuatro escarabajos que los hombres espantaron a medias con ambas manos cuando remontaron el vuelo.
Empezaba la misión.

Pero bueno... ¡Qué historia, eh!...
La verdad es que hay muchas cosas que me quedan en duda, si tengo que dar mi opinión... Por ejemplo, ¿de qué se trata exactamente eso de las miradas entre el muchacho y la muchacha? ¿Qué tipo de sentimiento había nacido entre ellos en cierto momento?... Y no son solamente esas preguntas las que tengo. Seguro que alguien se preguntó de qué planeta venían estos tipos y, por supuesto, qué carajo buscaban en nuestro planeta, o cómo serían los helados preparados por ellos. Eso sí que me parte la cabeza. A lo mejor tenían una buena receta para la frutilla a la pana. Pero en fin... creo que antes que nada es una historia bastante triste, ¿no?... Aunque también me divertí mucho con algunas partes, como esa en la que Mariano cae a través de una pared. Me reí mucho con eso. Aunque pensándolo bien, probablemente no sea tan, pero tan graciosa la situación. En cierto modo me parece que no es graciosa, todo lo contrario, es bastante tonta si se quiere... ¿Dónde se vio una pared de yeso dividiendo dos comercios? Yo entiendo eso, pero a mí me hizo reír igual. Mmmm... No sé cómo explicarlo... Sin embargo me quedo con los personajes. Quizás a ustedes les parezca que Olga merece ser insultada o algo parecido. No sé. A mí me gustaba. Puede que sea un poco ruda como mujer, pero me tienen que creer si les digo que mujeres así se necesitan cada vez más. Le debió haber ido bien la vida. Por otra parte, el que me dio un poco de pena fue Mariano... Toda la vida manoteándose el muñeco y nunca la pudo embocar... Me quedé pensando qué habría sido de él y de Olga si no se hubieran cruzado con el jefe y los otros dos alcahuetes al final de todo. Quizás fuera una relación duradera, quién sabe. Lo cierto es que iban a tener algunas dificultades, pero tampoco Olga se iba a enojar si Mariano no le dejaba agua caliente en el calefón por las mañanas. Jaaaaaaa... ¡Esa es buena, eh!...
Para terminar, lo de la moraleja. Porque no hay una buena historia que no tenga una moraleja. Así que yo tengo la mía propia a partir de todo esto y ustedes tendrán la suya. Eso es lo interesante de las historias y de leerlas, ¿verdad?
Bueno, yo estoy convencido de que al final todo esto del amor es como decía mi madre: el amor es como un vaso de vidrio lleno de agua en el medio de una habitación a oscuras... ¡Ja!... ¡Esa es buena también!, ¿no?...
FIN

6 comentarios:

Ignacio dijo...

(expresión triste)

Damián González Bertolino dijo...

De todos modos, muchas gracias, Nacho, por seguir parte a parte el cuento y leerlo todo.
Un abrazo grande.

Archiduque de Applecore dijo...

Recién termino de leer todo el cuento, y dejé, en diferido, comentarios en las otras partes del mismo.
Tengo 3 palabras:

¡QUÉ BUEN CUENTO!

Todavía no puedo creer el final. Lo bueno del cuento es todas las sensaciones diferentes que me hizo sentir. Me reí y sufrí con Mariano, fantaseé con las modelos y, sobre todo, con Olga, que estaba fuertísima pero que era, al fin y al cabo, una perra (o, mejor dicho, una cucaracha).

Mis felicitaciones por tan buena creación...

A.A

Damián González Bertolino dijo...

Muchas gracias también, Fabián, por haber leído el cuento y haber opinado. Me alegro asimismo de que te haya gustado y que las distintas partes te hayan motivado impresiones diversas. Un abrazo.

Cristian dijo...

Hola Damián,

Me tengo que poner al día.

Abrazo

Damián González Bertolino dijo...

Gracias, Cristian. Yo he seguido tu trabajo un poco con intermitencia, también. Pero leí recientemente lo de Vila-Matas y Auster para hablandodelasunto. Muy bueno... felicitaciones!
Abrazo grande.