jueves, 1 de julio de 2010

Mamá, ¿cómo sé si tengo la garra charrúa?


Puesto ante el problema de tener que definir qué es la "garra charrúa" luego de la trabajosa victoria de la Celeste ante Corea del Sur por 2 a 1, un periodista de la agencia Reuters recurre a Pablo Forlán, mítico center-half de Uruguay en los Mundiales de México '70 y Alemania '74, y, obviamente, padre de Diego Forlán. La conclusión final afirma que la garra charrúa es alcanzar el triunfo cuando parecía algo imposible. Dicha conclusión, lo sabemos los uruguayos, está un poco recortada. La garra charrúa como tal podría definirse como un estado, una actitud ante el juego por encima incluso del resultado obtenido. Y aunque la garra charrúa se ha hecho valiosa a partir de los triunfos, uno puede incluso llegar a percibirla en los partidos de los que salimos derrotados. Pero la cuestión es que de un tiempo a esta parte, de muchos años a esta parte, la gente se cansó un poco de la garra charrúa. La gente comenzó a sentir que ante el panorama del fútbol mundial de las últimas décadas, recurrir a la garra charrúa ya se estaba convirtiendo en un recurso atávico. Nadie podía dejar de estar orgulloso de su presencia tutelar, pero todos se estaban dando cuenta de que en el fútbol de hoy no se puede salir adelante solamente con la garra charrúa. A menos que se tenga algo más, claro; a menos que se proponga algo más desde el juego. Y esta selección uruguaya lo propone.
Cuando los primeros 20 ó 25 minutos del partido anunciaban un camino de rosas para Uruguay, con un gol marcado a los 8 minutos por Luis Suárez tras un pase espectacular de Diego Forlán, con un manejo del partido que recordaba a los efectuados ante Sudáfrica y ante México, cuando el sol brillaba sobre la grama y todos podíamos pensar en seguir de largo, Corea del Sur cambió de repente. Aquel equipo timorato que muchos habíamos visto perder por goleada ante Argentina desapareció para siempre del Mundial. Las subidas de Park se hicieron insoportables. Corea del Sur comenzó a complicar a la Celeste con su buen manejo de la pelota. Los defensas uruguayos ahora pasaban a resolver situaciones impensadas unos pocos minutos atrás. El medio de la cancha, donde hasta hace poco rato habían mandado Diego Pérez y Egidio Arévalo Ríos, era propiedad exclusiva de los coreanos. Así culminaba el primer tiempo, con el anuncio de que si Tabárez no proponía algún cambio drástico, el rival iba a pasar de largo.
Pero a la vuelta del partido el cambio drástico fue la salida de Diego Godín, lesionado y reemplazado en el entretiempo por Mauricio Victorino. Con la entrada de Victorino, Uruguay no perdió para el segundo tiempo nada de entrega por parte de sus zagueros, pero sí algunos centímetros. Allí donde Godín podía resolver por arriba los problemas que la altura de los coreanos causaban, Victorino hacía lo que podía, y así y todo jugó un buen partido. Pero todo complicaba. Primero la aparición de la lluvia. Segundo la persistencia de Corea del Sur, jugando exactamente igual a como lo había hecho durante toda la segunda parte del primer tiempo. La pelota se volvió escurridiza y el terreno de juego una verdadera pista de hielo. Los coreanos, con toda su velocidad y su capacidad física desplegada, comenzaron a sentirse cada vez más a gusto con la situación. Llegó un instante en el que Uruguay extrañó aquella época en que nadie le pedía justificarse para cruzar la mitad de la cancha... Así que el merecido empate llegó en el minuto 68. El mareo entre los zagueros y los laterales y Muslera fue tan grande, que cuando cayó el centro ya nadie sabía a quién de los coreanos tenía que tomar. Lugano no llega a cubrir y Muslera sale a medias. Lee Chung Yong cabecea y pone el 1 a 1... El record de Muslera pasó a ser una anécodta para revisar al día siguiente. Tras ese tanto pasó a ser el arquero uruguayo con más minutos sin la valla vencida (390) en un campeonato del mundo, superando al gran Ladislao Mazurkiewicz. Pero todo eso no tenía trascendencia si uno miraba el festejo de los coreanos. A esa altura, aquello ni siquiera tenía olor a alargue. Los fantasmas de la Eliminatoria hacían su aparición cuando menos se los esperaba.
Mucho se escribió y se habló luego del partido acerca de la gran reacción de Uruguay apenas llegó ese gol. Los más con satisfacción y admiración. Otros, un poco dormidos, con cierto aire reprobatorio, se preguntaron por qué Uruguay se había dejado hacer un gol para tener que levantar su nivel de juego. Lo concreto es que la rebeldía de Uruguay, allí donde todos vieron la garra charrúa entrando en acción, estuvo apuntalada por un aspecto nada menor que tiene este equipo: el hecho de que juega bien. ¿Qué significa en este caso "jugar bien"? No es precisamente jugar de forma vistosa, sino saber lo que el partido tiene para darle y lo que a su vez el equipo puede hacer por el partido. Esta selección uruguaya tiene una capacidad de lectura y de manejo del partido importante. Sin ella, la garra charrúa habría terminado transformándose en un berrinche.
Hay un acto clave del partido un poco antes del segundo gol de Suárez, y ese acto no tuvo una consecuencia mayor sobre la incidencia del juego en el que se manifestó, pero sí sobre el resto del partido. Consistió en lo siguiente: En uno de los ataques de Uruguay, no del todo claros, la pelota queda picando dentro del área de Corea del Sur, a medio camino entre dos defensas. Es una de esas pelotas que aunque están dentro de la zona de peligro no llevan riesgo. Los defensas saben que cuentan con la ventaja del espacio y del tiempo para demorar la acción, levantar la cabeza y elegir al compañero mejor ubicado para continuar con el juego. En una jugada así, cuando la pelota queda picando en el área coreana, lejos de cualquier jugador uruguayo, por un callejón, desde muchos, muchos metros atrás, aparece la figura de Diego Pérez peleando por esa pelota y exigiendo a los defensas a realizar un plan de último momento. Diego Pérez no tenía porqué ir a buscar esa pelota. Las probabilidades de que la jugada tuviera un final feliz eran nulas, y las de que el medio de la cancha quedara descompensado, totales. Pero el partido no fue el mismo a partir de entonces. Ese solo acto, en apariencia gratuito, marcó el desarrollo posterior del encuentro.
Y unos instantes después llegó el segundo gol de Suárez; un tiro en diagonal, enroscándose contra el segundo palo. La situación es tan dura e impactante que tiene la misma fuerza y duración de un rayo cayendo en el segundo más desesperante de la tormenta que sacudía esa tarde de Port Elizabeth. Los comentarios sobre cómo ese gol de Suárez dio de lleno en la sensibilidad de la gente van a trascender con los días. Las lágrimas de muchos se vinieron al suelo. Uruguay clasificaba luego de cuarenta años a cuartos de final, pero el hecho más sustancial era cómo lo lograba. El alma o el corazón o la gallardía (todas categorías evanescentes para hablar de fútbol) que demostró este equipo logró conmover a las personas, a las que les gusta el fútbol y a las que entienden poco y se arriman en épocas de mundiales. Ahora todos quieren saber qué más puede lograr este equipo. Muchos se animan a soñar de verdad, sin temor alguno, sin vergüenza. Porque todos confían, todos aprendieron a confiar. Por eso, cuando al final del partido el remate de un coreano pasa entre las piernas de Muslera y se dirige lentamente a la línea de gol, todos, dentro de la ansiedad imperante, entendimos que esa pelota no iba a entrar. Vimos entonces al capitán Lugano trotar hacia ella y salir jugando contra la línea, con los brazos extendidos hacia los costados en la clara señal de "no pasa nada". No pasaba nada: Uruguay había logrado apoderarse del espacio, el tiempo y sus ventajas.

2 comentarios:

sebastian dijo...

El comienzo de este txt fue lo mas fiel que eh leído hasta el momento respecto a la garra charrúa. ¿que es? no sé, pero se utilizó para escribir este texto seguro.
El se mas arriba,"españa - alemania" esta genial, aunque confieso ser uno de los que flashea con la pegada de villa.
Me quedaron las ganas de ver a godin comiéndole los talones...

Damián González Bertolino dijo...

Sebastián:

¡Muchísimas gracias por tus comentarios y bienvenido a tartatextual!
Todos nos quedamos con las ganas de ver a Uruguay en la final, ante un equipo tan difícil como el español. Pero si nos quedamos con las ganas es porque al final entendimos que se podía, y eso no es una cosa menor.
En cuanto a lo que es "la garra charrúa", recomiendo siempre ese brillante libro de Franklin Morales: "Maracaná. Los laberintos del carácter".
Un abrazo y hasta la vuelta.


PD: Como dijo Egidio Arévalo Ríos luego del partido contra Holanda: "La otra será".