martes, 29 de mayo de 2007

Retratos del artista cimarrón


Creo en Morosoli.
El fin de semana pasado estuve en el Centro Cultural de España y me encontré con una muestra dedicada a Juan José Morosoli, a ya medio siglo de su fallecimiento.
Lo que de inmediato atrajo mi atención no fueron tanto la exhibición de primeras ediciones o los textos (preparados por Óscar Brando y entre los que se leía una frase nada inocente como "Allá lejos, está el mar"), sino las fotografías del autor, entre las que se encontraba una cantidad sorprendente de imágenes que nunca había visto y que tanto la familia como los encargados del archivo Morosoli en la Facultad de Humanidades (archivo de PRODLUL) cedieron. En todas esas imágenes que yo desconocía por completo (y que pueden verse hasta el sábado 2 de junio) Morosoli aparece retratado en instancias predominantemente cotidianas, nada de poses en el estudio del fotógrafo del pueblo: reuniones de amigos, altos en tareas de campo, tomando el mate con su esposa o al lado de sus hijas, María Luz y Ana María. En todos los casos, lo que me resultó más llamativo es esa especie de "in media res" que tienen todas esas instantáneas. En ellas Morosoli parece desprenderse naturalmente de su entorno, y, paradójicamente, estar como arraigado a cuanto la fotografía dice que ha acontecido. Sobre todo me ha dado esa impresión una imagen en la que está junto a dos hombres entre unos arbustos. Por lo que se ve han estado realizando algún tipo de faena y se sacuden un poco el cansancio ante el fotógrafo. Por momentos parece imposible no ver al escritor, al hombre que está sintiendo y de algún modo atesorando la palpitación de un mundo. Morosoli no sólo parece formar parte, naturalmente, de ese mundo, sino que también parece estar vigilándolo, resguardándolo del olvido; algo como un orgullo secreto de ser parte de todo eso. Eludiendo el riesgo de las ñoñerías del tipo "¿Qué cuento se le estaría ocurriendo en ese momento?", lo que importa es ver al creador en su medio, entre aquello a lo que le dio y, a su vez, le dio a él vida. Y, sin embargo, las fotografías tienen para mí otro misterio agregado en muchos de sus ejemplos, sobre todo en aquellas en las que posa junto a algunos paisanos: Morosoli no es un escritor. Recuerdo en este preciso instante una anécdota que me contó una profesora de literatura de Minas, en el año en que yo viví en esa ciudad, año 2004. Cuando muere Morosoli en 1957 esta mujer ve a su abuelo, por única vez en su vida, llorar. El hombre entró en la casa cabizbajo (cismando, diría el autor) y no dijo nada más que "Se murió el Pepe". Luego se sentó y se puso a llorar y nadie más le pudo decir nada ni consolarlo en el resto de la noche. Esta anécdota, que es morosoliana por donde se la mire, expresa, y no lo dije antes, otra cosa: el abuelo de aquella profesora no lloraba ni por lejos al Morosoli escritor, sino al barraquero, aquel que atendía solícito desde un mostrador en la calle Sarandi, casi llegando a 18 de julio. Probablemente aquel hombre que lloraba esa muerte no supiera que el finado había sido un gran escritor. Como no lo supo tampoco otro hombre ya anciano que vi ese año y que, desvariando y ante mi total sorpresa, empezó a hablar de un cierto "Pepe" como si aún estuviera vivo. Cuando me dijo que estaba hablando de Juan José Morosoli, el dueño de la barraca Morosoli, y cuando le dije que era además escritor, no me creyó. Me dijo algo así como "¡Qué va a ser escritor ese!". El hecho de que Morosoli fuera una figura literaria, hecho inocultable en la proximidad de la gente de pueblo, era casi desconocido en cierto modo entre la gente de tierra adentro, aquella gente que él atendía a diario y a la que invitaba a matear o a compartir un asado en los fondos, donde se contaron muchas historias que el autor de "Los albañiles de Los Tapes" fue resguardando y en donde, si mal no me acuerdo, hay todavía una palmera. En Minas también supe que luego de su muerte, cuando el mobiliario de la barraca fue llevado a remate, quien compró los tablones del mostrador encontró al dorso y en los bordes de los mismos algo así como anotaciones que Morosoli hizo al pasar mientras atendía a la gente que llegaba del campo. Si la historia es falsa o no, mejor no someterlo a prueba, porque es bastante solidaria con su imagen, o la particular imagen que dejó como escritor. Ahí tenemos algo similar al caso de las fotografías: Morosoli se desprende apenas de su contexto. O mejor: es el contexto expresándose en la figura de ese hombre. Es el contexto resumiéndose en él. En las fotografías Morosoli no es un escritor: es una expresión del ambiente y sus tipos humanos que atrae hacia sí misma a los lectores. No hace el movimiento de llevar a los lectores, de ir con los lectores hasta ese mundo. En la construcción de "escritor" que Morosoli hizo de sí mismo (y que se puede rastrear en sus ensayos de "La soledad y la creación literaria"), el autor se ve a sí, o a la voz que creó, como alguien que llega desde el mundo del que pretende dar cuenta, no como alguien que llega del exterior y busca acomodar su mirada. Eso es lo que expresa el intento realista de su narrativa, dinamitar también cualquier figura previa, preestablecida de "escritor". Antes que cultivar una figura de escritor Morosoli quiere fundirse con el mundo que lleva a la literatura, quiere ser tan sólo un cronista, un cimarrón que escribe y otorga el cerno de su realidad. Morosoli se siente en la misma huella, bajo la misma sombra de lo que narra. En el comienzo de su ensayo "La novela de masas" dice: "Se sabe aquí que no soy un literato –de lo cual Dios me libre y guarde". Pero hay más, porque se revela en ese texto de 1945 el carácter que le quiere dar a su escritura: "Yo deseo hablar de aquella forma de novelística que revele lo popular para lo popular, tal como si el pueblo se novelara a sí mismo. ¿Quiero decir que los artistas están demás? No. Vamos despacio (...) si el pueblo supiera escribir lo que piensa estaríamos demás los poetas. (...) Lo que pasa es que hay que encontrar esa expresión que el pueblo anda revelando en forma vaga a veces." Creo a ciegas que en estos fragmentos está todo el proyecto narrativo de Morosoli: su necesidad de asunción, y finalmente su asunción, a secas, en o de los otros, esa gente del medio rural o de las periferias de los pueblos del interior que debido a una maltrecha política de estado andan como pedazos de carne bautizada por sobre los campos. Parte de esto creo que tiene que ver con esa mirada desdeñosa que siempre le dirigió a los círculos literarios montevideanos que cultivaron, para bien y también para mal, del intelectual, del hombre de letras uruguayo del medio siglo que en nada se avino con sus preceptos. Morosoli nace, vive y muere en Minas. Desconfió a rajatabla en la posibilidad de transformarse en una especie de maestro generacional (como lo pudo ser para Domingo Bordoli o Julio C. da Rosa), quizás por el horror con que veía a muchos actores de la generación del ’45, por momentos verdadera patota masturbatoria de Joyce, a sus ojos. Morosoli murió en su ley. Y su ley fue la de los otros. Fue los otros. Y eso es de una honestidad y entrega humanas que pocos pueden soportar, en especial cuando sobrevienen los reconocimientos y los elogios. Cuando uno recorre sus ensayos por primera vez, puede sentir que de ellos se desprende una humildad que puede llegar a resultar fastidiosa. Pero al tiempo esa humildad se transforma en la conciencia de que Morosoli está diciendo todo el tiempo que él no es lo que los demás creen que es por ser un escritor, es parte de su proyecto: él es verdaderamente el artista cimarrón. Si se hace la breve comparación con el Borges que habla de sí mismo en sus conferencias y que pretende llegar a la humildad socavando su propia figura de creador, es posible ver que en el argentino existe por detrás un orgullo de su propia grandeza (y eso tampoco está mal), con lo que la humildad se vuelve ironía, el doblez de la grandeza de lo que era Borges. En Morosoli, la humildad en sus conferencias no tiene nada que ver con grandezas mutiladas o expresadas subrepticiamente, es ni más ni menos que un aspecto que nos lleva a su credo, a su capacidad de compasión, ante lo que narra, su capacidad de acompañar la "pasión", de estar y ser parte de la "pasión" de los otros.
La mesa de la narrativa uruguaya podría tener tres patas. Una pata es Onetti, la otra Felisberto Hernández, y la restante es Morosoli. Creo que cada una representa las grandes líneas de nuestra narrativa. Si la mesa pudiera tener cuatro patas, se me ocurre que la cuarta sería intercambiable y podría llamarse Eduardo Acevedo Díaz, Horacio Quiroga o Mario Levrero. Pero no quiero ir más allá. Por encima de esas tres patas, como subidos sobre los hombros de los gigantes, andan el resto de los narradores uruguayos, deambulando hacia el sector que les dé más acomodo: hacia una de las patas, o en el medio de ambas, o, quizás más raramente, buscando una equidistancia. Morosoli es, plenamente, la pata realista de la mesa. En Onetti el realismo también ocupa su lugar, pero en una gradación, el realismo de Morosoli me parece más concentrado en sí mismo. El tema de qué es y qué no es el realismo puede revestir ciertas escabrosidades, pero en Onetti, aparte de su veta notablemente realista, también existe otra cosa, algo como un cuestionamiento del propio realismo y sus formas, donde también entran las ensoñaciones. Cuando uno repasa los a veces muy breves cuentos de Morosoli hay una cierta perplejidad ante el habla de sus personajes. Frases que en otros casos sonarían como torpes o redundantes son en boca de esos personajes verdaderos pasajes, embudos a un tiempo y un espacio precisos. Morosoli encuentra en esas frases un dolor y una sabiduría que sólo él conoce y que nosotros por momentos entrevemos.

1 comentario:

ignacio dijo...

Un escritor es uno que conoció la realidad en el papel y después la ve en el aire. Todo se come. El papel de la traición ahora se sirve en su mesa, vecina, si se conecta a interné.