miércoles, 31 de diciembre de 2008

Verano IV (elección de horas)

Ayer fue la elección de horas docentes de Literatura para el departamento de Maldonado. Uno puede ver a varios colegas conocidos y queridos, ex-compañeros de generación, ex compañeros de otros años en ciertos liceos... Hasta ahí todo lo más bien, pero después están el calor, los celulares sonando sin parar, las carcajadas en las que te muestra qué tan torcida tienen la campanilla de la garganta algunas grado 7, la impaciencia y más tarde la indecisión y la carga de tener que resolver los horarios que uno tendrá el año que viene. Por suerte me encuentro, año a año, con Felipe. Nos apartamos, tomamos o comemos algo en alguna mesa del patio, hablamos de literatura, de cine, de lugares con playas, etc. Este año Felipe se apareció con un panamá con un listón negro en la base de la copa. Parecía una foto que vi de Truman Capote.
Voy a ser sincero (¿?)... Si hay otra cosa que me llama la atención o me incomoda (no sé cómo precisarlo), es cierto vacío que se forma en la montonera. Lleno, llenito de profesores de literatura, y lo que más escucho son quejas sobre el precio del kilo de cordero a fin de año, o sobre los reglamentos de elección de horas o pasaje de grado, o lamentaciones sobre el marido o la esposa de turno... Cosas por el estilo... Pero muy pocas veces me topo con alguien que me hable de lo que está leyendo. Tampoco me quiero pasar para el otro lado y terminar con una actitud snob del intelectual que atomiza con actitudes imprescindibles y perentorias acerca de que no leer mata, causa impotencia, lo que sea... Nada que ver... Pero... Así que me gusta preguntar, con toda la discreción del caso, qué es lo que andan leyendo, no por que eso represente un tipo de "contienda del intelecto", sino por ese cierto voyeurismo que todos los que leemos tenemos. Al final de la elección de horas sólo tres profesores me hablaron de lo que estaban leyendo. El profesor F(elipe) leía una serie de artículos de Homero Alsina Thevenet sobre la censura en Hollywood. De ahí pasamos a hablar de la casa de brujas del comunismo, pasando por la censura a una película de Howard Hughes por mostrar demasiado los pechos de su actriz principal (lo que se puede ver en "El aviador", de Scorsese), volviendo de nuevo al comunismo y, en especial, a las películas de Chaplin, sus cortos para la Keystone y un dato que yo no conocía: "Candilejas" (Limelight) estuvo casi veinte años sin ser estrenada en Estados Unidos porque los notables del comité de censura no la habían considerado apta hasta entonces. El profesor F(elipe) es mi amigo, y esto me da cierta confianza para juzgar que dos por tres me sale con cualquier exageración, pero quizás sea así nomás... El profesor S. más tarde me comenta que está leyendo "Descanso de caminantes", una selección de los diarios de Adolfo Bioy Casares. "¡Qué putero era el viejo!", dice. "¿Viste?", dice el otro. Más tarde el profesor G. me habla de que terminó de leer dos cosas casi en simultáneo. Por un lado "Mascaró, el cazador americano", de Haroldo Conti, y destaca lo guimaraesiano de esa narración. Y por otro lado "Didáctica de la liberación" (editado por HUM), de Luis Camnitzer. De este libro se habló mucho hace un par de meses, cuando trascendió que en sus páginas se homologaban las acciones tupamaras como la toma de Pando con acciones performáticas propias del arte conceptual. Como se vio, a algunos (¿ex?) tupamaros la idea les desagradó de entrada, y a otros les pareció bastante pertinente. Para pensarlo, me parece, porque si sos o fuiste guerrillero y luego vienen y te dicen que lo que hiciste es un "como si" artístico, bueno, entonces es para pensarlo, como digo...
En cuanto a mí, me llevé para leer tanto el tomo con las primeras Novelas Ejemplares como "Agua viva", de Clarice Lispector; sin embargo terminé leyendo "Espacios de la memoria", de Fernando Aínsa, un libro que me compré en un puesto instalado dentro del liceo. Me pasa algo raro con la lectura de ensayos. Si estoy en medio de una multitud, como era ayer el caso, me es casi imposible leer ficción. No puedo, cierro el libro en seguida. Pero no me sucede lo mismo con los ensayos, que a mí parecen de lectura más complicada; puedo leer un ensayo con tres docenas de voces alrededor y es como si esas voces formaran al final un muro que me aísla. Creo que llegué, después de todo, a la lectura de este ensayo de Aínsa porque la noche anterior en la casa del 33, mientras esperaba que hirviera el arroz que le hacía a los perros, estuve releyendo algunas de las primeras páginas de "Las vueltas de César Aira", de Sandra Contreras. Allí Contreras habla de esa larga convención de la narrativa argentina de personajes que van al desierto, al sur, a la frontera donde está el "otro", el gaucho, la cautiva o el salvaje, en definitiva. Pero sobre todo, explica Contreras, esa construcción de ese espacio se hizo desde el exotismo, desde esa mirada de los extranjeros, en su mayoría ingleses (Darwin, Hudson, etc.). Eso le da pie para comentar qué es lo que hace Aira con novelas como "La liebre". Eso, a su vez, me dio para pensar cómo se dio aquí en Uruguay la cuestión. Para esta literatura, en principio, no había sur, sino norte. Es cierto que tuvimos las miradas foráneas (la de Hudson, también, en "La tierra purpúrea", y un siglo después la de Copi en "El uruguayo"), pero me quedé pensando en si pesaron más que las visiones "más uruguayas", como las casi inaugurales de Eduardo Acevedo Díaz, por ejemplo en esa entrada hacia el norte del país, levemente romantizada, que hace el protagonista de "Nativa". Esta lectura de Aínsa me cae en el mejor momento. Vuelvo a la cuestión una vez más antes de pasar a otra cosa. Hay una manera en que los textos literarios nos hacen sentir un espacio, un lugar que incluso no hayamos visitado nunca, de tal manera que esa construcción luego es irremovible. (Sigo pensando al vuelo, a los teclazos...) Si en Argentina la mirada exótica pesó de forma crucial en la construcción de un espacio, ¿ocurrió igual en Uruguay?... Me parece que un punto de partida hipotético puede ser pensar que no, que la construcción exótica no fue determinante, lo que me lleva a preguntarme sobre qué bases se dio entonces (porque, del mismo modo... ¿no estuvo siempre "el otro europeo" antes que el criollo?). (Ahora me digo, ¿tengo que dejar fuera de discusión el nacimiento mismo de un país que queda entre Argentina y Brasil, como un algodón entre dos vidrios colocado por un inglés?...) Hace poco leí una entrevista a Beatriz Sarlo en la que hablaba de la asombrosa semejanza que existe entre Argentina y Uruguay y cómo, al mismo tiempo, hay aspectos determinantes (en lo político partidario, por ejemplo) que los diferencian a simple vista. Bueno, ahí tengo un tema como para darle algunas vueltas con varias lecturas.
Esto anterior me lleva a unas cosas que conversamos con Felipe sobre los Beatles. Él dice que en una entrevista vio a Mike Myers (sus padres son de Liverpool) asegurar que los Beatles hicieron de su ciudad natal un lugar más alegre en el que poder vivir, que Liverpool no era así antes de ellos. Diría Aínsa según lo que estoy leyendo, que los Beatles lograron trocar la memoria del espacio del que surgieron. ¿Y qué tanto más se le puede pedir a un artista? Así que yo le conté a Felipe que hace un par de días se me dio por escuchar solamente canciones de los primeros discos y dejar de lado un poco la experimentación más manifiesta que se da desde "Rubber soul" (?¿) hacia el final. Para algunos las canciones de los primeros discos son más simples, para otros los Beatles no dejaron de hacer lo mismo, sólo que cambiaron en la parte arreglística, como sea... A lo que voy es que la alegría que se desprende de esos primeros discos es una cosa que no era de este planeta. Y para mí, lo bueno en arte, cuando además alegra, dos veces bueno. Ahí nomás, mientras hablábamos de esas cosas, Felipe sacó un ogo, que viene a ser un aparatito que tiene teléfono, internet y que tiene MSN y te sirve para saber la temperatura, recordarte todo en una agenda y avisarte cada cuántos segundos nace un poeta en Tacuarembó. Y también se puede oír música en él... Pusimos el disco "Love" y entre tema y tema empezamos a intercambiar anécdotas. Felipe me comenta una declaración de Paul sobre la época de la beatlemanía, cuando las cosas se salieron de curso y los Beatles comenzaron a entender que tocar el cielo con las manos costaba lo suyo. En un concierto de tantos, creo que tocando "I'm down", a Paul se le da por mirar a John tocando el piano y descubre que había algo que no encajaba, que John era presa de una alteración que ni siquiera tenía que ver con el frenesí rockero. Cruzó un par de miradas con George y Ringo y descubrió en los otros la misma sorpresa. Para Paul, eso no sólo fue un indicio de que cierto tiempo había llegado a su fin, sino de que John no iba a ser el mismo a partir de allí. Eso me recuerda un video de esos años en el que prácticamente todo el tiempo aparecen John y Paul en un mismo plano. Están tocando "We can work it out" en evidente y hasta grosero playback, pero el resultado está lejos de la seriedad de la anécdota de Felipe. Basta con ver el esfuerzo que hace Paul por no mirar a John.

3 comentarios:

Ignacio dijo...

Yo estuve en la elección de Español. Algunas profesoras leen. La directora grita, se desgañita. El sistema cae -cómo no iba a hacerlo, eso sería faltar al arquetipo- y decido desenfundar mi "Gringo viejo", en el que nunca consigo avanzar. Empiezo a concentrarme en la lectura pero me llaman: el sistema ha vuelto. Pido disculpas a la directora, que me ladra. Me repite a mí los reproches que le ha hecho al colectivo por la conversación y el ruido. Me pide que mande a callar a los otros. Yo me acerco a C. Font y le digo bajito, entre risas, "dice la directora que se callen". Cuando me acerco a la mesa de nuevo, amén de tratar como a niños a dos profesores que intentan cruzar dos palabras, redunda en su queja. Le digo que yo no estaba conversando, que estaba leyendo. Imagino que debería leer "Historias de diván" de Rolón, o psicoanalizarse por lo menos, o conseguirse algo desestresante. Me parece que no me creyó que yo estaba leyendo.
Ahora me reprocho haber estado leyendo: creo que debí haber conversado sobre el tiempo o el marido de alguien, o el precio de la carne.

Martín Bentancor dijo...

Tu peripecia lectora en la elección de horas me recuerda a mi primer año en la Facultad de Humanidades, año que coincidió (más o menos) con la invasión de los celulares y su continua actualización. En los tiempos muertos en los pasillos, dentro de algún salón o sentado en una escalera, generalmente leyendo, atisbaba a mis compañeros y compañeras en procura de adivinarles un libro en sus alforjas o, meramente, verlos repetir mi actitud. Y no veía a nadie. Nadie leía en los pasillos, nadie leía en los tiempos muertos; creo que nadie leía, ni siquiera, las carteleras. La cosa se complicaba al hablar con algunos de ellos y descubrir que nombres como Thomas Pynchon, V.S. Naipaul o Antonio Di Benedetto eran nombres tan ajenos como el de ciertas constelaciones o especies submarinas. Todo eso ocurrió el primer año; después me volví más cínico o más viejo o dejaron de preocuparme ciertas cosas y ya no miraba las manos para ver si portaban un libro. ¿Tendría razón Tolstoi (según Rubem Fonseca) cuando decía "la difusión de material impreso es el arma más poderosa de la ignorancia"?
Un saludo. Damián, y la mejor de las lecturas, pese a bailando por un sueño, el precio del lechón y el ringtone del momento.

fernanda dijo...

¡Juaaa! Yo no sabía ni que existía el grado 7...

Abrazo, f