sábado, 3 de enero de 2009

Verano VII (virginidad)


Hace unos cuantos años que tengo con un amigo una conversación que a lo largo del tiempo agrega capítulos nuevos. Tiene que ver con esto: ¿Por qué en la narrativa uruguaya sus escritores se saltean tantas cosas interesantes que tiene nuestra realidad? ¿Por qué hay tantos espacios de nuestro país que continúan, en esta realidad actual que vivimos, vírgenes, ignorados por la literatura?
En cuanto a mí, ya no meto a mi amigo en esto, creo que la mirada montevideana es lo hegemónico. Hace tiempo dije en una entrevista que me hicieron que hablar de narrativa uruguaya actual era casi-casi hablar de narrativa montevideana. Me llovieron palazos de todos los colores. Sonaba a boutade, es cierto, pero en realidad tenía una lectura más profunda. No me refería a que en esa narrativa el escenario fuera invariablemente la ciudad de Montevideo, que para eso basta con dar una lectura superficial para darse cuenta de que no es así, sino que me refería a una noción de perspectiva en la representación, a cómo la mirada montevideana acomoda el objeto en el que hace foco a una serie de valores que le son propios a esa mirada, y por eso deja cosas afuera al mismo tiempo que incluye otras. Esto no es bueno ni es malo: es. Hablo de una serie de temas, de tratamientos de los mismos, que tienen como origen las primeras narraciones ("El pozo", de Onetti es inaugural en ese sentido) en las que se reflexiona sobre la tensión entre el hombre y su ciudad, el arrebato que le provoca esa vida de aislamiento en el gentío, esa grieta que va extendiéndose a lo largo de todo, de las construcciones, del gris, de las calles, etc. Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen. A eso llega Fernando Aínsa en "Espacios de la memoria", el libro que leo por estos días. Pero Aínsa va mucho más allá, y estudia en profundidad lo virgen que permanece para nuestra literatura ese río que nada más ni nada menos nos da nombre. Pueden quizás oponerse algunas excepciones, aproximaciones al tema como el ejemplo de "El astillero", de Onetti, o "Tres muescas en mi carabina", de Carlos María Domínguez, ejemplos que estudia Aínsa. (Yo sumaría un par de cuentos muy buenos de "El misterio Horacio Q", de Juan Carlos Mondragón). Pero lo cierto es que el ensayista llega a la conclusión de que nuestro país no le ha dado a ese río (¿nuestro río entonces?) su "Huckleberry Finn", y sigue: "Los ríos dominados y encauzados por obras de ingeniería, los caudales regulados de un mapa físico del Uruguay que ha ido sojuzgando la naturaleza, ¿lo están en realidad en las páginas de ficción?"
Me parece que al río Uruguay se le pueden sumar otros ejemplos, hay muchos fenómenos y espacios que quedan fuera de nuestra narrativa. No me estoy quejando, estoy asombrándome.
Al mismo tiempo, creo que uno de los escritores actuales que va como contra la corriente en ese sentido es el propio Carlos María Domínguez, del que Aínsa cita unas palabras publicadas en Brecha en 2002: "Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo". Domínguez es un escritor interesantísimo, y un excelente cronista por otra parte, un cronista que ha demostrado tener una gran capacidad para explorar esos otros mundos del Uruguay y darles una hondura narrativa inigualable. "El Norte profundo" es un libro notable, y, más recientemente, "Las puertas de la tierra", su libro de crónicas sobre el practicaje en el Río de la Plata, se ha transformado para mí en una pieza muy especial de cómo tenemos que afrontar nuestra realidad. Hay un "toque" que Domínguez posee y lo hace un autor destacado. ¿Es el hecho de que al mismo tiempo incorpora una mirada "outsider" en nuestras letras? ¿Argentino devenido uruguayo? ¿Uruguayo al fin?... No lo sé. Pero el resultado está ahí para todos.

2 comentarios:

Ignacio dijo...

Tal vez las representaciones del paisaje del interior (y, por ende, de su relación con el hombre) se encuentran marcadas con mucha fuerza en el cancionero folclórico (o "Canto popular"). Baste recordar a Sampayo: "El Uruguay no es un río, es un cielo azul que viaja...", amén de los cantos de diversos cantores y poetas locales a sus respectivos ríos, ondulaciones, parajes, etcétera. Creo que lo que sucede es que todo este corpus es "tenido en menos" o menospreciado a la hora de hacer catálogos de eso a lo que se llama "Literatura". Una posible causa sería, una vez más, el centralismo. Otra causa, a la cual el centralismo da fuerza, es que probablemente los escritores más prolíficos y capacitados tiendan a residir en las ciudades. Me resulta llamativo el detalle, además, de que prefiramos los folclores foráneos. Bob Dylan, a estos torpes oídos, suena como country music de la buena. Música del campo. ¿No lo son también Larbanois-Carrero? Claro: Dylan nos llega con su melodía y el dúo mencionado carga con una postura política que a veces hace olvidar sus prolijidades artísticas.
Tal vez pueda agregarse que quienes pueden publicar libros deben someterse a una "red de conocidos" o bien al viejo y querido mango, lo cual aleja una vez más a los del interior. Otra: por citar un ejemplo, Treinta y Tres carece de toda librería, lo cual me hace pensar que el mercado lector casi no existe. En la capital hay más lectores y librerías, lo que hace lógico suponer que los productos elaborados vendibles se orienten hacia ese mercado. Conviene no olvidar este último detalle, que suele hacer que Paulo Coelho venda más que Benedetti.
Seguramente varias de las cosas que digo sean groseras, en borrador, discutibles.
Pero, finalmente, creo que la principal carencia de la literatura uruguaya es la de uruguayos.

fernanda dijo...

"Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen."

Esencialmente de acuerdo. Pero creo todo "ese" país sigue esperando que aparezca algún escritor que sienta la motivación de escribir sobre eso... que conozca esa realidad y le interese ponerla en el papel. Uno escribe sobre lo que conoce, y si nunca salió de la ciudad, no va a ir por ahí escribiendo sobre el río Uruguay. Yo el único río que conozco es el Río de la Plata, y ahora el Sena salvaje que sube por los campos franceses hasta París. De esos ríos puedo escribir, sobre los otros sólo puedo leer o soñar. ¿Está bien? ¿Está mal? Es así, simplemente...

Por otro lado, no sé hasta qué punto alguien está esperando algo, porque siempre que hay un vacío, un vacío sediento y necesitado, alguien viene a llenarlo. Alguien... ¿que sienta ese vacío?

"Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo"

Eso es cierto y sumamente interesante, pero de todos modos, uno no va por la vida así, diciendo "mirá, ahí está el río y tengo que descubrirlo y escribir sobre él, porque va a desaparecer". Es la vida la que nos va llevando, las circunstancias, y es también algo misterioso lo que nos impulsa a escribir sobre esto o aquello, incluso sabiendo que algo quedará desperdiciado.

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