viernes, 1 de diciembre de 2006

Adiós, Fulano...



Quevedo dijo que el amor era más poderoso que la muerte… Para no dejar mal parada a la muerte, voy a decir que ella es por lo menos un poco más poderosa (depende del caso como siempre) que la pasión con que algunos lectores se enfrentan a sus libros, como se verá a continuación.

Hoy hizo mucho calor, volvió a hacer mucho calor. Como ya no estoy trabajando, ahora me encuentro en el pleno trance de luchar contra mi cuerpo, porque trato de levantarme temprano (digamos que 9:00 ó 9:30 está bien…) para aprovechar mejor el día… Siempre me pasa lo mismo en verano, el alma se me separa tanto del cuerpo que al final termino ansiando el tedio de los horarios… Lo cierto es que hoy me levanté a eso de las 10:30 luego de haber apagado el despertador a las 10:00. Como Ma está en Minas, en casa no hay ruidos y se puede dormir mucho mejor. Apenas me levanté seguí con la lectura de “Leviatán”, de Paul Auster (muy buena…). A eso del mediodía me llegan un par de mensajes de Felipe desde la playa, anunciándome lo hermosa que estaba el agua. Me pedía que nos viéramos a eso de las 19:30 en la parada 3, luego de que él saliera del trabajo… Pero como hoy era día de cobro, yo también tuve que hacer mis cositas mientras Felipe se dedicaba al ejercicio de la burguesía, mientras soñaba con el mar. Tuve que ir al liceo (lo que implicó encontrarme con el desolador panorama de varios administrativos metidos en sus oficinas y escuchando la radio, ¿soñando con el mar?), ir al banco, a una casa de fotografía y a un supermercado. Luego volví a mi casa, me cambié y junté una bolsa con ropa sucia para llevar al lavadero. Cuando llegué allí vi un espectáculo conmovedor, similar al que había visto en el caso de los administrativos del liceo o en los cajeros del banco o en las cajeras del supermercado: el Agobio. La mujer que atiende el lavadero (que es tan, pero tan, pero tan flaquita que parece un personaje de "El extraño mundo de Jack") se queja del calor que hace allí dentro debido al aire caliente que sueltan las máquinas. Su marido también andaba por allí. De repente ambos me miran y me dicen "¡Se nota que vas para la playa!" . ¿Qué debía sentir yo exactamente? ¿Piedad? ¿Culpa? ¿Indiferencia?... No lo sé, quizás un licuado con las tres cosas, pero con muchos cubitos de hielo. Llegué al mar a eso de las 17:30. El agua no estaba tan encantadora como me había dicho Felipe en sus mensajes del mediodía. Además, desde el lado de la playa Brava soplaba un viento que levantaba algo de arena. Esto último a mí no me molestaba mucho, pero sí irritó un poquito a cinco turistas españoles que había a mi derecha (dos parejas y un hombre solo, todos entre los cuarenta y los cincuenta). En el agua no había nadie. El agua estaba un tanto fría y tuve que nadar y entrar en calor para poder pasarlo lo mejor posible. Recién cuando salí del agua el viento que arrastraba arena me molestó... la mochila se me había llenado de arena. De los cinco españoles, cuatro estaban leyendo. En uno de los matrimonios, ella leía la antología (?) "La vida te despeina" y él leía la última novela de Carlos Fuentes. El hombre solo leía una guía del Uruguay con fotografías básicas y el hombre del otro matrimonio leía un libro que no pude espiar lo suficiente como para saber cuál era. Entonces yo saqué mi ejemplar de "Leviatán", de Auster para matar sus últimas cincuenta o sesenta páginas. En eso, mientras todos leíamos, una mujer vieja pasó caminando por la orilla en el momento justo en que sonó su celular. Algunos dejamos de leer de inmediato para escuchar lo que decía la mujer, el resto de los lectores lo hizo más paulatinamente. Antes debo aclarar que era imposible no escuchar a la vieja, porque no hablaba, GRITABA.

"Hola. ¿Quién habla?" (esto no nos decía mucho, no nos compensaba lo suficiente por la interrupción...).

"¡No te puedo creer!" (esto otro ya era algo...).

"¿Te vas a quedar a dormir acá entonces?" (nada que decir...).

"¿Hoy mismo es el sepelio?" (¿Y ahora?...).

Los turistas intercambiaron miradas entre sí... La vieja se alejaba con sus gritos hacia el lado del muelle pero ya era imposible oírla. Yo miraba a los turistas, ahora los turistas me miraban a mí. El sol seguía bajando por el cielo de la playa Mansa. Luego me acordé de los administrativos... Y luego, naturalemente, pensé en el muerto. En el que se había ido. Ese que para mí no iba a ver más, nunca más, brillar el sol sobre la tierra. ¿Qué son estas palabras en total? ¿Algo como esos ingenuos graffitis que dice que vivamos la vida porque es una sola? Por supuesto que no. Eso es una guasada. Hay que comer, hay que trabajar, hay que criar hijos. Hay muchsa cosas elementales, que las hay, las hay... Luego llegó Felipe, pasadas las 19:30, comentando cosas que se le ocurrían mientras atendía el kiosko. Es que a veces nos dedicamos a hacer reflexiones taradas pero no menos necesarias sobre qué hacemos con el tiempo y por qué...


Ahora me acuerdo de algunas cosas más que tienen que ver con todo esto. Anoche leía en "Leviatán" un diálogo entre el narrador y Ben Sachs (su amigo), hablaban acerca de lo que es de repente saber que a uno no lo separa nada, o muy poco, de la mismísima muerte. ¿Qué cosas se lamentaría uno?... Hoy de tarde, en medio de los quehaceres luego de salir del banco, pasé a ver a Fiorella en la librería del centro de Maldonado, donde trabaja. Entre una cosa y otra (somos muy divagados cuando conversamos) me habló de un poema de Raymond Carver que habla de algo parecido, habla de esa sensación que a veces podemos tener de vivir ciertas cosas "de propina", es decir, vivir ciertas cosas buenas inmerecidamente pero vivirlas al fin y al cabo... En fin, lo de siempre... son temas tan delicados, que uno parece oscilar entre el lenguaje zen o el lenguaje de la Reader's Digest.


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