viernes, 24 de abril de 2009

Los alienados (II)

(imagen perteneciente a este lugar de Flickr)
La historia es así:
Un escarabajo cruza de una vereda a otra en una calle que es una de las tantas que tiene el centro de la ciudad. Está comenzando a hacer un poco de frío y es de noche, no muy tarde, sin embargo; apenas si pasó una hora desde el atardecer. Son pocos los comercios que permanecen abiertos. El tránsito es escaso y el viento pasa a lo largo de toda la cuadra y se deja oír de vez en cuando pasando contra el filo de los carteles. Contra el cartel de la farmacia de la esquina, por ejemplo. La empleada de la farmacia estaba aburrida y salió a la vereda para mirar hacia un lado y otro, pero el aire fresco la obligó a regresar al interior del comercio. No hay muchas más personas que trabajen por allí, aparentemente. Un viejo que atiende un kiosko y dos o tres empleados en una heladería que queda justo a mitad de cuadra. Sobre la vereda de la heladería hay un par de bancos de cemento gris. Allí hay cuatro personas, cada una comiendo un helado. Un padre y su hija pequeña de cinco o seis años y un matrimonio mayor. El hombre y la mujer del matrimonio están abrigados con bufandas de lana que les dan media docena de vueltas al cuello y llevan camperas gruesas y botas forradas por dentro con cordero. Me parece (pero esta es sólo mi opinión) que tuvieron que haber comprado la ropa en el mismo lugar y en el mismo día. Si uno los ve de lejos se hace difícil saber quién es el viejo y quién es la vieja. Todo empieza a acelerarse, sin embargo, cuando los clientes notan que el frío se acentúa. Los dos viejitos no necesitan decirse nada. Son como un mismo organismo, reaccionan igual ante cualquier fenómeno. Con el padre y su hija no ocurre lo mismo. El hombre está preocupado. El frío los ha sorprendido en la calle sin que él se diera cuenta y es probable que la niña se resfríe o se enferme con algo de gravedad. Piensa en las palabras de su mujer al llegar a la casa, o cuando más tarde la niña tenga fiebre. Entonces le dice a su hija que se apure. Pero no hacía falta decirlo, la niña come todo lo rápido que puede y lo mira como si él le hubiera amenazado con pegarle. En esa mirada el padre nota las mejillas y la nariz enrojecidas y vuelve a pensar en su mujer.
No eran los únicos que estaban apurados. El escarabajo que estaba cruzando la calle tenía tres grandes razones para terminar el trayecto hacia la otra vereda. La primera y principal de ellas era el tránsito. Sabía que la hora lo favorecía a cruzar despacio y caminando, dejando de lado la posibilidad de volar y terminar en cualquier lugar complicado con aquel viento insoportable. La segunda razón importante para cruzar de una vez era el mismo frío, como se verá después. Y la tercera era el tiempo, el paso del tiempo. El escarabajo estaba llegando tarde y eso era lo que más lo preocupaba de entre todas las cosas. Bueno, en realidad hay que decir "la" preocupaba en vez de "lo" preocupaba. Porque el escarabajo era hembra. Era como mujer, pero escarabajo.
Se le hacía tarde. Desde la vereda que había dejado atrás había calculado a la perfección la línea que tenía que seguir para dar derecho a la amplia entrada de la heladería y entrar pasando junto a la pared izquierda. Era difícil, pero lo estaba logrando. Lo más complicado había sido subir al cordón. Había tenido que agarrarse con fuerza a las irregularidades de la piedra y soportar allí los embates del viento. Luego de eso llegó otra instancia de riesgo: atravesar la vereda hasta entrar a la heladería. El resplandor difuso de la luz del comercio y el brillo colorido de las bateas la tentaban a bajar la cabeza y arremeter a toda velocidad el resto del camino. Pero sabía que tenía que ser precavida, y mucho más en una noche como esa, en la que había tan pocos peatones. No era la primera vez que pasaba una desgracia de ese tipo. Hacía dos semanas un escarabajo de la misma especie que ella había sido aplastado por un hombre que apareció corriendo de la nada. Surgió y ¡pracksh!, murió el escarabajo. Y eso sin contar lo que había sucedido hacía ya casi un año, cuando una mujer se levantó de uno de los bancos y aplastó con un taco de aguja la coraza de otro escarabajo gritando: "¡Una cucaracha!... ¡Una cucaracha!...". Eso sí que era ofensivo. Recordaba las palabras de la mujer y no sabía de dónde le venía más lástima, si de la pérdida de aquel compañero o de la confusión con las cucarachas, que le parecían inmundas. Aunque pensándolo bien, no se podría haber culpado del todo a aquella mujer. No era ya una cuestión de ignorancia, sino de novedad. Que aquel escarabajo fuera confundido con una cucaracha se debía evidentemente a que ese tipo de escarabajo era único, no tenía nada, pero nada que ver con ningún otro tipo de escarabajo que fuera común ver en ese lugar, y al mismo tiempo era un escarabajo, uno lo miraba y decía "Un escarabajo" o "Un cascarudo", que es lo mismo. Además, aquella era una ciudad pequeña, una ciudad como algunas otras del interior del país, y allí no andaban de un lado para el otro los entomólogos que se dedicaban a anunciar nuevos hallazgos. Era una nueva especie y se la podía ver en los alrededores de la heladería como si se tratara de una especie común y corriente o una cucaracha. Como fuera, la escarabajo no estaba en condiciones de distraerse a sí misma con recuerdos o reflexiones que ya no tenían mucho que ver. Lo que ella tenía que hacer era cruzar ese metro y medio de vereda y entonces sí, verse resbalando sobre el pulcro mármol. Cada uno de los pasos de sus patitas se hizo firme y le dio una determinación inigualable al atravesar las anfractuosidades de las baldosas partidas y levantadas. Eso no escapó a la mirada de la única persona que estaba en condiciones de percibirla, que era la niña. Los viejos simplemente no tenían una visión tan ajustada como para relacionar la mancha que veían moverse con un escarabajo, y si hubieran identificado al insecto, no habrían desperdiciado fuerzas en levantarse y pisarlo. El padre de la niña, por su parte, carecía de la capacidad de ver el presente. Toda su inteligencia estaba puesta en ensayar distintas réplicas ante las modulaciones del regaño de su esposa. Así que fue la niña la que dejó la cucharita suspendida en el aire y chilló:
-¡Un bicho!
Pero el padre sólo le contestó:
-Me importa un pito... Comé que se te chorrea la frutilla...
De esa forma pasó el único riesgo que tuvo la travesía de la escarabajo hasta el interior de la heladería. Unos segundos después ya estaba enfilando con la misma decisión hacia un pequeño túnel que pasaba justo por debajo de una de las vitrinas y que conducía a la parte trasera del mostrador, casi frente a la puerta por la que los empleados iban y volvían y se hacían visibles o invisibles para la clientela. Y ya que estamos hablando de los empleados, las dos muchachas que despachaban los helados y el muchacho corpulento que estaba sentado ante la caja, va a haber que decir que ninguno de ellos se dio por enterado de la entrada del insecto; y si lo hicieron, no lo dejaron ver ni en un solo parpadeo. Quizás pudieron haberla visto cuando ella aminoró la marcha una fracción de segundo para inclinar su cabecita hacia un costado y poder observar con mejor ángulo el reloj de pared que estaba colocado en lo alto, detrás de la caja. Pero al parecer fue así: no la vieron. De todos modos la escarabajo retomó su ritmo, una patita adelante, la otra patita atrás, esa patita adelante y esa otra atrás, y la de más allá adelante y la del otro lado atrás, un, dos, un, dos, o un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, pic, etcétera... hasta que la oscuridad del tunelcito la borró del mapa.
La escarabajo atravesó la puerta del fondo y entró directamente en la trastienda de la heladería, un lugar algo gélido en el que estaban las máquinas con las que se hacían las distintas cremas. En realidad se sentía bien, había llegado en hora y eso le causaba un gran alivio. Por una parte, debido al simple hecho de cumplir con el horario que tenía que cumplir, y, por otra parte, ahora que estaba tras una puerta, porque no tenía que temer que se vieran los efectos que el frío producía sobre su cuerpo. Otra cosa muy distinta hubiera sido que se demorara en la calle y que todos vieran qué le pasaba. En ese caso habría sido mejor que la confundieran con una cucaracha gorda y asquerosa y que la pisaran como a aquellos otros. Pero allí, mientras un par de empleados daban algunas vueltas entre las máquinas, se sentía como en casa. Nadie se mostró sorprendido de que de pronto el cuerpo de la escarabajo comenzara a abultarse hasta formar una bola viscosa e irregular de medio metro. Lo único que hiceron los otros fue dejar libre el espacio necesario como para que aquello no se detuviera. La bola cambió del color marrón rojizo al azul y luego, con lentitud, al verde. Cuando pasaron unos segundos, se formaron cinco bultos que se prolongaron como si fueran unos tentáculos que tantearan lo que había más allá. Después de todo eso, el proceso se completó de inmediato cuando los bultos se transformaron en una cabeza, dos piernas y dos brazos. Y ya estaba. Algo parecido a una mujer más o menos normal se paraba y miraba hacia todas partes. Uno de los empleados se dio media vuelta y la miró por encima de un hombro.
-Hay que avisarle al jefe que ya llegó Olga... -dijo.
-¡Qué! ¿Le tengo que avisar yo? -replicó el otro empleado.
-Por supuesto... ¿Quién fue a hablar con el jefe cuando llegó el proveedor hoy?... Fui yo, ¿no?...
El otro golpeó una espátula sobre la mesa y se apartó hacia un pasillo que formaba un codo hacia la izquierda.
Durante la breve discusión, la mujer había tenido tiempo de caminar un par de pasos hasta un perchero y colocarse un vestido igual al que usaban las que trabajaban al frente. Cuando se estaba calzando unas sandalias sintió la voz del empleado que se había quedado con ella.
-¿Y, Olga?...
Ese era Carlos. Y a Olga no le gustaba nada hablar con él. Siempre estaba comportándose con ella de una manera muy extraña desde que habían llegado a la ciudad el verano pasado. Antes no había sido así. Se conocían sólo de vista, pero el trato era de lo más respetuoso. Las cosas habían cambiado, sin embargo.
-¿Qué pasa? -le preguntó.
-¿Ya se te formó ahí abajo?
Olga no entendió del todo el sentido de la pregunta. Le solía pasar que se quedaba un poco aturdida unos minutos después de la transformación.
-¿Cómo?
-Que si ya tenés la vulva te estoy preguntando...
Un calor desagradable corrió por la espalda de Olga.
-Hoy estábamos hablando con los otros muchachos... No sabemos por qué a vos y a las otras no se le formó nada ahí abajo... A la única que se le formó es a Elsa. Pero Elsa es una sola, y es complicado, ¿no?... -agregó Carlos.
Olga recordó la cara de Elsa tras el mostrador cuando atravesó la vereda unos minutos atrás. Era la cara de alegría perfecta que había que poner para despachar los helados. Pero ella sabía que tras esa cara Elsa sufría. Hacía una semana que a Elsa le había salido aquello entre las piernas y que a las pocas horas ya estaban el jefe y todos los otros llevándosela por turnos a la oficina del fondo. Olga y las otras dos pasaron a hacer horas extras para cubrir a la compañera. Al otro día lo mismo, y al siguiente igual. Recién a los cuatro o cinco días el jefe dijo que ya era suficiente y que Elsa hiciera el horario normal. Pero eso no se cumplió del todo. Cada tanto Elsa tenía que abandonar el mostrador y pasar al fondo. Entonces quedaba una sola para atender y la heladería se volvía un caos. Así que los empleados estaban esperando que a las otras les pasara lo mismo que a Elsa. Olga se acordó también de las palabras de su compañera cada vez que regresaba del fondo o que se la encontraba en la pensión donde vivían todos, menos el jefe.
-No me duele, no me gusta... No siento nada... Pero igual me molesta... -decía.
Fue entonces cuando a Olga le llegó un malestar formado por lo que le parecía lo que le hacían a Elsa, lo que esperaban de ella y la cantidad extenuante de horas que había pasado trabajando en los últimos días. Y encima eso de que el jefe quería hablarle.

martes, 21 de abril de 2009

Los alienados (I)


Mucho tiempo sin publicar... Vuelvo con un poco de ficción, en este caso un cuento que escribí en diciembre. Va por partes. Un abrazo grande...

a Franco


Hola, amigos... Estaba pensando en el amor...
Solamente eso. Yo sé que puede sonar raro lo que estoy diciendo, o sea, me refiero al hecho de saludar y decir de inmediato que estaba pensando en algo como el amor; porque, después de todo, quizás alguno de ustedes se esté preguntando quién soy o cómo soy y qué hago o a qué me dedico y por qué tengo que venir a decirles algo sobre el amor... ese tipo de cosas. Bueno, no sé... me parece que eso puede esperar un poco o dejar de importarnos, según sea. Aunque para ser sincero (voy a ser muy sincero todo el tiempo... En realidad, yo soy un hombre sincero, siempre lo fui...) tendría que agregar que no hace falta dar muchos datos acerca de quién soy. Ustedes se van a dar cuenta, ¿no? En cierto modo, eso siempre se revela de una manera u otra, ¿verdad? En fin... ustedes leen, son personas inteligentes, etcétera. Ya está, dejémoslo de lado. Ahí están ustedes, acá estoy yo, y algo tiene que pasar. Lo que pasa es que a veces uno tiene que dar más vueltas. Y con los años me voy dando cuenta de que no se puede pensar nada si no se va de un lado para el otro, como si uno tuviera de repente en el aire todos los platos de la casa y empezaran a caer todos juntos. Es como algo salido de un sueño. Uno sale al patio a ver cómo está el día y se encuentra con eso, con gran parte de la vajilla a punto de romperse como si alguien fuera a decir tres, dos, uno y al piso. ¿Y entonces qué hacemos? ¿Cuál agarrar primero?... ¿Los hondos? ¿Los llanos? ¿Uno hondo y uno llano? ¿Luego uno de postre y otro hondo? ¿U otro llano?... Porque, a ver si me explico mejor: uno tampoco quiere que se caigan y se rompan todos... Mmmm... Me gustó esto de los platos en el aire, porque si vamos al caso tiene mucho que ver con la historia que quiero contar. Es una especie de comparación lo que hice, ¿no?... Como si los platos suspendidos en el aire fueran todos los puntos que uno quiere considerar de un asunto... y esos puntos son importantes y uno no quiere descuidar ninguno, pero todos son igual de urgentes, y los platos bajan y bajan y y no le dejan a uno mucho tiempo para atajarlos a todos. Entonces siempre tiene que haber algún plato que se rompa... Esto también me gusta, lo de pensar que los platos que se terminan rompiendo son puntos de un tema que uno no llega a solucionar o que a uno se le escapan porque no entiende del todo.
Ya sé que no tenía que haberlo explicado, que es como algo descortés de mi parte haberlo hecho. Sólo que... Nada, nada... Olvídense de lo que dije recién. Bórrenselo de la cabeza...
Me estoy dando cuenta de que parezco serio o de que quiero dar la sensación de que lo que voy a contar es algo serio y necesita una introducción adecuada. En realidad no es así. Tengo en mente una historia bastante estúpida, o quizás bastante tonta, para que no suene tan fuerte. Ya dije al comienzo que estaba pensando en el amor, en el amor como tema. Es algo que nos toca o nos tocó en algún momento de la vida. Es también uno de los temas más profundos sobre los que piensa el Hombre. Eso, increíblemente, hace que sea otro de los temas más tontos en los que piensa el Hombre. Y sí, me sigue pareciendo increíble... Bueno, de pronto todo esto se explique diciendo que estoy solo, que ya no tengo que trabajar y que por lo tanto me la paso mirando a través de la ventana a ver cómo se va otro día más, y que entonces me pongo a pensar, a pensar demasiado. Pero no es así, tengo muchas otras cosas que hacer. Me importa mucho la quiniela, por ejemplo, y no me pierdo ni uno de los sorteos de la semana. Me quedo pegado a la radio esperando que la voz del niño cantor dé el número exacto en el que yo estuve pensando. Eso es vida, o eso hace que uno viva, mejor dicho, y que no se entregue a cualquier pensamiento idiota todo el tiempo. ¡Ese es el gran problema de la juventud de este país, que a mí me perdonen! Fíjense en toda la gente que tiene entre veinte y treinta y que termina en el suicidio. ¿Qué hacen?... No sé muy bien las cosas que hacen. En realidad no conozco a casi nadie que tenga esa edad, pero si hay una cosa que sí sé es que no juegan a la quiniela. La quiniela ya es una cosa de viejos en este país, y cuando nosotros, los que tenemos de cincuenta para arriba, vayamos a desaparecer o a morir, la quiniela se acaba, porque con pocos apostantes el juego no se sostiene, me parece a mí. Es así de fácil: si uno tiene el marote dándole vueltas siempre a las mismas cosas se queda frito. Y con la quiniela no. La quiniela hace que todo sea nuevo. Uno mira el día de mañana y se ve con plata, comprando esto y lo otro. Y si llega el día de mañana y uno continúa con las facturas de luz y teléfono atrasadas, por lo menos sabe que el día de mañana (otro "día de mañana", viene a ser como una segunda parte del "día de mañana", o un reenganche...) va a verse a sí mismo jugando a la quiniela. Eso es seguro. Lo que no quiere decir que yo no me pueda entregar a reflexionar sobre temas que a uno le llevan tiempo y tiempo. Por ejemplo con el tema del amor, como venía diciendo. Mi madre decía que el amor era como un vaso de vidrio lleno de agua en el medio de una habitación a oscuras. La imagen es fuerte, ¿no? Es oscura. Y seguramente ustedes se estén preguntando cuál era el significado que mi madre le daba más allá del que se le pueda ocurrir a ustedes. Bueno, mi madre decía cosas por decir nomás, y no tendría ni puta idea de lo que quería llegar a sugerir con una cosa así. Era una mujer muy tosca que se dedicó toda la vida a lavar y a planchar ropa de los vecinos y no le sobraba el tiempo para pensar en cosas que le quitaran concentración para las tareas que había que realizar en la casa. Tenía un marido, que era mi padre, cinco hijos (uno de los cuales era yo), una madre que se pasaba babeando toda la mañana en una silla de ruedas al sol del invierno en un patio lleno de perros y una vecina que vivía muro por medio y que le servía para enterarse de lo que ocurría en las otras casas del barrio. De esa otra mujer habrá sacado mi madre la frase esa. Esa mujer sí que tenía frases para todo, y como mi madre se creía que nosotros en casa no sabíamos los dichos de la vecina, entonces los repetía y se hacía la misteriosa haciéndonos pensar. Pero después a la noche mi padre juntaba bronca de no entender nada y la hacía confesar. Y ahí se sabía de dónde venían las frases. Sin embargo, los significados seguían en el aire. La cuestión en todo esto es que mi madre repetía siempre la misma frase cada vez que miraba las telenovelas o que se enteraba del desenlace de algún amorío en el barrio. Era infalible, la frase te caía encima como si fuera granizo de mierda. Nos quedábamos esperando la continuación, la explicación, y ella lo que hacía era mirar para la otra pared dejándonos picados. Pero estaba bien, no tenía que tener sentido. Las telenovelas que miraba mi madre, todas llenas de amores frustrados o encontrados, no tenían sentido. No se podían entender. Por eso cada año le cambian los actores y los escenarios a una telenovela y la pasan de nuevo con otro nombre. Porque la gente que las ve no las puede entender. Es imposible. Y lo mismo pasa con las otras historias que parecen más elevadas. Con Shakespeare, si vamos a hablar de algo bueno y que todo el mundo más o menos conoce. ¿Qué es "Romeo y Julieta"?... ¡Mi Dios!... ¡Hay gente que llora y todo cuando la ve en el teatro o la pasan en una película en la tele! ¡Es verdad! !No embromo!... Yo la fui a ver dos veces al teatro, con varios años de separación entre una vez y otra, y en ambas ocasiones sentí lo mismo sobre el final de la obra. Estuve por pararme arriba de mi butaca y gritarle al actor que hacía de Romeo en el instante en que se llevaba el veneno a la boca: "¡Estúpido! ¡Enfermo mental!... ¡No está muerta! ¡Date cuenta!". Pero no, el imbécil se baja de un saque el frasco con el veneno y cae diciendo un par de boludeces. No estoy insultando a Shakespeare ni nada parecido, aclaro. A lo que voy es que Shakespeare, que era un genio, ojo al gol, se vio en la necesidad de plantear esa estupidez de un muchacho que se viene abajo y se lamenta como una magdalena sólo porque a él, a Romeo, claro, le parece, leeeeee pareeeeeece, que la novia está muerta. ¿Para qué? Para mostrar lo que el amor hace con la gente, sobre todo con la gente joven. Y después, como se sabe, Julieta despierta y encuentra al otro nabo durmiendo para siempre y se encaja el puñal. Ahí yo estaba a punto de saltar de nuevo desde mi butaca: "¡Ni te gastes, mongólica!... ¿No ves que ese vejiga ni siquiera esperó a ver si podías revivir? ¡No fue a llamar a nadie!... ¡Ni siquiera se le cruzó por la cabeza que podías tener catalepsia!..."
El ejemplo de "Romeo y Julieta" es bastante bueno, la verdad, creo yo... Por algo Shakespeare es un genio, ¿no?... Un tipo que se puso a pensar en serio lo que era la vida, como Mussolini, o Schiaffino.
A lo que voy es que las buenas historias de amor son cada vez menos. Capaz que una puede ser "Romeo y Julieta". Puede ser... Puede ser... A mí me parece que las buenas historias de amor quedaron en el pasado, que ya a nadie le importa el amor en sí. Las películas o las letras de las canciones de ahora hablan del amor en segunda o tercera instancia. Me parece a mí... Bueno, a lo mejor estoy divagando, hablando de más y diciendo lo primero que se me ocurre. Pero, ¿no creen que por algo las cosas se nos ocurren, que por algo vienen a nuestras cabezas ciertas ideas?... No sé por qué exactamente... Igual es interesante pensarlo, ¿no?... Mmmm... No, en una de esas no...
¡"Casablanca"!... Se me ocurre algo con "Casablanca", que es una película que todo el mundo conoce, o casi todo el mundo, y que además nadie vio, sólo los críticos de cine divorciados, con mucho tiempo. ¿A quién le puede gustar "Casablanca"? Prueben a ver "Casablanca" sin volumen. Es cierto que no se va a entender nada, ni siquiera se va a poder oír a Sam, pero ahí uno observa que la trama es tonta. El final mismo... Ella se va y lo deja, o él se tiene que ir y la abandona, o se van los dos, no me acuerdo bien... Si uno mira toda la secuencia sin sonido no se sabe qué hacer con esa parte, nunca se va a entender. Y así nos damos cuenta de que el sonido agrega algo. Agrega el amor... Igual no importa, la película tampoco sirve mucho... ¡Humphrey Bogart! Me olvidaba... Humphrey Bogart no es real... No puede haber una historia de amor con Humphrey Bogart. Es antiestético y tiene cara de estar festejando el día del golero. Está, obviamente, colocado ahí a propósito, para demostrar que el amor es tonto, que nadie se puede enamorar de eso. Y cuando eso sucede, entonces nos damos cuenta de que algo marcha mal, contraflecha. (Bueno, esa frase me gustó, me quedó muy bien, digamos... O la idea, en vez de la frase. Porque la frase en sí podría ser: "El amor surge cuando algo marcha mal". Es linda. Es mejor que la de mi madre, me parece.)
Y mi historia empieza con las cosas yendo muy mal... Mmmm... Pienso que es una historia que les va a gustar mucho, y seguro que nunca habían pensado leer una cosa así. Nunca más se van a olvidar de ella en la vida, van a ver. Créanme... Porque es algo que no pasa seguido. Bueno, las historias de amor tampoco pasan seguido, si nos ponemos muy exquisitos, es cierto... Pero ustedes ya saben... Además, como muchas historias de amor, esta que voy a contar también está basada en hechos reales. Sucedió en nuestra ciudad, y puede ser que cuando la terminen, mañana, o dentro de un rato, caminen por las calles fijándose bien en donde caminan y con quiénes se cruzan. Y bueno... No me gustaría que diera inicio sin que yo dijera que es una historia tonta, como si fuera otra cosa en realidad... Le puse de título "Los alienados" porque me pareció que tenía que ver mucho con lo que pasaba en cierto modo con los personajes, pero eso lo van encontrar más o menos cuando vayan por la mitad de la lectura, quizás un poco más adelante. Algunos pueden notarlo antes, otros después, en síntesis, pero no quería dejar pasar el momento de hablar del título y de decirles que no es nada complicado, que no tiene un sentido profundo, que es un título cualquiera como pudo haber sido otro, como "Romeo y Julieta".

lunes, 16 de marzo de 2009

Este león acá


Cada vez que me sucede algo así el orden de los sentimientos es el siguiente: 1- euforia 2- desengaño 3-desazón 4-¿simpatía? 5-oquedad 6-mansedumbre 7-pena 8-vuelta al 2...
La policía colombiana confiscó ayer (u hoy, no sé) varios bienes a un narcotraficante, entre los que se hallaba un león... ¿Para qué?... Cito: "El león fue hallado en una de las haciendas pertenecientes a 'Macaco' ubicada en Caucasia, en el departamento de Antioquía (noroeste), en donde según testigos, 'al parecer era usado por el extraditado para ajustar cuentas con sus enemigos', indica el comunicado."
En seguida me acordé de mi querido don Gallet, de "Los trabajos del amor". En el capítulo VIII el Toto, uno de los protagonistas, recuerda una noche en particular, una de las pocas noches en las que visitaron a su jefe en su casa. Sobre el final, y antes creo que también, se insinuaba la existencia de un león en la hacienda de don Gallet. Era algo que quedaba para cerrar justamente sobre el final de la novela. Ahora mientras estoy ya calculando el día en que voy a retomar "Los trabajos del amor" hasta terminarla, luego de finalizar o estar por finalizar otras cosas, el león se me adelanta. Me dice "Te gané", o sale corriendo más rápido de lo que esperaba.
Cosas que me suceden.

sábado, 14 de marzo de 2009

142

Esta tarde. En Montevideo.
Corro. Trato de alcanzar un ómnibus. No era. Es el de atrás. Hace frío. Hace calor. Uno y en seguida y otro y después así.
Llega el 142. Subo y pago el boleto. Queda un asiento libre. Hay dos chicos en el medio del pasillo. Uno es bastante alto y tiene pelo largo y una barba en la pera. Toca la guitarra. El otro está parado enfrente. Canta los últimos versos de "Mariposa technicolor", de Fito Páez, y con una mano me indica el único asiento libre a su lado. Me siento. Tiene buena voz. Apenas me quedo quieto siento el pegote del sudor bajo la camisa. En los brazos, en los hombros, en la espalda. El ómnibus hace una parada más y luego arranca en un impulso prolongado. Ya son las cuatro de la tarde de una de las últimas tardes del verano. Me miro la camisa y por un segundo pienso que es demasiado gruesa, que me equivoqué al salir de Maldonado. El ómnibus adquiere mayor velocidad, las cortinas se hinchan y un aire fresco pasa por encima de todas las cabezas y baja de golpe a los asientos. El chico que canta anuncia la próxima canción: "Cotton fields... es un tema de Creedence que significa Campos de algodón". Empiezan. Los primeros versos a capella hacen una incisión en el centro del movimiento, el aire se concentra sobre la camisa. Me miro las mangas. When I was a little bitty baby / My mama would rock me in the cradle, /In them old cotton fields back home... El ómnibus vuelve a balancearse de atrás hacia adelante y se descarga sobre la avenida Rivera. Vuelvo a contemplar las mangas de la camisa. Ahora me gusta que tenga cuadros, y eso me hace feliz. Es decir, la felicidad no tiene nada que ver con eso, pero parece que algo de ella se aloja o va y viene en el diseño de los cuadros.
Los músicos agradecen, recogen algunas monedas y algunos billetes y descienden en unos semáforos. Un niño con uniforme colegial, que estaba sentado detrás del guitarrista, le pregunta a su madre, que está sentada del otro lado del pasillo:
-¿Necesitan plata?
-Es su trabajo... -responde la madre.
-¿Son pobres?
-No, no son pobres... -hay un silencio -Si fueran pobres no iban a cantar en inglés...

martes, 10 de marzo de 2009

Este...

Cada vez que empiezan las clases surgen cosas parecidas.
¿Qué es la Literatura? ¿Para qué Literatura? ¿Qué importa para qué sirva?...
Todo eso... De repente salta uno: "¡Profe, profe! ¡Dígale a esta niña que los libros no muerden!"... Ahí salta la bendita frase... "Los libros no muerden"... En realidad debo intervenir... ¡Pero no, los libros sí que muerden!, digo. Y sin embargo la mayoría de los que tratan de ganar adeptos a la lectura de libros lo hacen bajo ese emblema... Creo que venimos de ahí, de esa invitación doméstica... Pero después no se nos avisa que ciertos libros nos van a morder de un brazo y nos van a llevar a regiones desconocidas o entrevistas, algunos con dientes más o menos incisivos, con mayor o menor fuerza en el tirón, otros nos van a desgarrar, directamente... Cuéntese una... ¡Pero mire si no!... Mi madre había ido a un funeral en Montevideo. En casa nunca había habido libros, salvo algunos tomos con decenas de enciclopedias Mente Sagaz encuadernadas... Cuando mi madre regresó fue en una tarde de veranillo, quizás en julio. Jugábamos en la vereda con mi hermana sobre las piedras lajas humedecidas por el aire. En el bolso traía ropa de unos primos que ya nos podría servir, más algunos championes, y en el fondo cuatro libros: "Corazón", de Edmundo de Ámicis, "Perico", de Morosoli y "Memorias de Juan Pedro Camargo", de José Monegal, más un manual de zoología sobre otarios, con varios dibujados en grabados apretados... Mi madre siempre nos ordenaba limpiar el placar. Sacábamos la ropa, la amontonábamos sobre las camas y comenzábamos a doblarla, pero aquello no terminaba nunca. Se iban las horas y no habíamos hecho nada... Mi madre entraba y nos rezongaba... Pero una tarde sucedió algo distinto: el montón de ropa permaneció sin ser tocado: había encontrado los libros en la parte baja del placar, donde iban los zapatos. En un momento estaba en cierta parte del tiempo y de repente pasé a estar en otra... Los libros se transformaban en un reverso... Hago memoria y recuerdo en seguida las peleas y los castigos de "Corazón" y luego descripciones de lluvias en el campo (hasta el día de hoy muero por leer descripciones de escenas lluvias)... Pasan los años, estoy en la época del liceo, terminando sexto... Mi padre me llama desde el fondo para que lo ayude a cortar leña, etcétera... Yo leo en la cama... Mi hermano me dice que no le gusta leer, que es aburrido... Hasta que llega "Los primeros hombres en la Luna", de H.G. Wells... Simplemente le prohíbo su lectura a mi hermano, le escondo el libro, cosas por el estilo... Hasta que consigue leerlo... Desde entonces no dejo de hablar de libros con él... Pero hay una anécdota que es única, creo que es de Raymond Carver, o me la contaron como si fuera suya. El joven Raymond cruzaba en tren una noche de un estado a otro, o a mí se me antoja que sea entre un estado y otro para darle profundidad (esa profundidad narrativa estadounidense para los viajes)... Un hombre lee un libro en el asiento de adelante... Antes de descender, se acerca al joven Carver y le extiende el libro y le dice que se lo regala... Carver lo lee... Con los años se pregunta adónde habría ido a parar si ese hombre no hubiera estado allí enfrente, a punto de bajarse...
Si usted considera que la anécdota es auténticamente de Carver, ponga No, si opina lo contrario, ponga SÍ...

martes, 3 de marzo de 2009

Descansa, Salvador...

Hoy falleció Salvador Puig.
Su poesía me gustaba mucho. Y decir eso es poco. Quizás era el único poeta uruguayo vivo que me conmovía, me desestabilizaba.
La primera vez en que lo vi y lo escuché fue en el Cuartel de Dragones, en 2005. Era una maratón de poetas y narradores. Yo estaba en los últimos asientos, escuchando con cierto esfuerzo. Simplemente no me podía concentrar en lo que decían, me costaba seguir el hilo. Me sigue costando mucho. En determinado momento Gabriel di Leone pasó al frente y presentó a Salvador Puig. Tenía una voz fuerte, pero era sólo el receptáculo de una fuerza mayor. El tiempo comenzó a pasar de otra forma. Puig leía poemas de distintos libros suyos. Evocaba a Juan Cunha y a Fernando Pessoa, decía algo para rodear el secreto de la magnolia que sabía, sólo sabía, y cuando me quise dar cuenta estábamos caminando por una vereda, al fresco agradable de aquella noche de abril. También iban Gabriel e Ignacio. Nos sentamos a comer algo en un pequeño boliche. Hablamos de Morosoli, de Simplicio Bobadilla y de Eduardo Acevedo Díaz, y de repente Puig estaba contando una historia con un caballo. No me puedo acordar bien del argumento de esa historia. Pero aquello no era lo importante. Lo importante era el misterio que cubría todo, la voz de Puig abalanzándose sobre la mesa y entregándonos aquellas imágenes que nos hacían sonreír.
Cuando un poeta muere el mundo se achica un poco.

lunes, 2 de marzo de 2009

The Fab-tastic four



Se viene... Se viene...
¡¡Uhhh!!
¿?

martes, 24 de febrero de 2009

Pronta, lista, ¡¡ya!!


Leyendo un artículo del blog argentino Hablando del Asunto acabo de enterarme esta noche de que Inés Bortagaray va a ser incluída en una antología de nueva narrativa emergente de Latinoamerica que aparecerá en la edición de primavera (boreal) de Zoetrope. Esta revista fue fundada por Francis Ford Coppola y está considerada una de las más importantes de Estados Unidos. Así que apenas lo supe no pude disimular mi alegría y empecé a hacer correr la noticia por ahí. Inés Bortagaray es a mi juicio una de las voces más importantes de la narrativa actual uruguaya, autora de una novela hermosa como "Prontos, listos, ya" (editada por Artefato). Por lo tanto, celebro este momento en el que va a ser conocida y reconocida por un público mayor.
¡Felicitaciones, Inés!

domingo, 22 de febrero de 2009

Verano XX (poder escribir)


Hoy me encontré en el blog de Cristian Piazza con una frase de Fogwill sobre la escritura que es de esas que nos dejan pensando, por decirlo de algún modo. Eso me llevó a recordar que, revisando cosas que habían quedado a medio acomodar de la reciente mudanza, me topé con viejos números de la revista ISCARIOTE, de cuando salía como suplemento mensual del diario SERRANO, de la ciudad de Minas. En las contratapas de cuatro números distintos que por lo menos conservo, encontré entrevistas a escritores. Las preguntas eran esencialmente las mismas, y las habíamos armado con Valentín sacando ejemplos de por aquí y por allá. Hubo una pregunta en especial que la sacamos de "Mientras escribo", de Stephen King. En realidad se la hace el propio King a sí mismo: ¿Por qué escribo? Es más, el autor de "Misery" estaba intrigado por saber las posibles respuestas de varios de sus colegas, y le reprochaba a la prensa cultural en general (de su país) que no fuera tan directa como para hacer ese tipo de interrogantes con más asiduidad. Ahora, repasando las contratapas de ISCARIOTE, leo lo que algunos contestaron ante "¿Por qué decidió escribir lo que ha escrito?"...

MILTON FORNARO: "Porque todavía nadie me había contado esas historias que tenía deseos de leer".

FERNANDO BUTAZZONI: "No lo decidí yo".

HENRY TRUJILLO: "(...) me vería obligado a confesar que soy masoquista. O remitirlos a mi psiquiatra. O las dos cosas juntas. O admitir que no tengo la más pálida idea, como decía Onetti cuando le preguntaban esto, que por cierto es lo más sincero."

Lo que yo sentía a menudo ante estos ejemplos era que la pregunta se tornaba ingenua o pueril (no porque lo fueran las contestaciones de los escritores, precisamente), y más de una vez me venía la idea de retirarla del cuestionario. Sin embargo, ahí quedaba...
El verano pasado leí un libro que me pareció de lo mejor que publicaron los narradores uruguayos el año pasado en ese género híbrido que se les da a veces entre lo narrativo, lo testimonial y lo ensayístico. Me refiero a "El escritor y el otro", de Carlos Liscano (dentro de esa categoría, ya que estoy, me gustaría recalcar el valor de un libro como "Se hizo de noche", de Roberto Apratto). Allí Liscano da con una respuesta que hasta llegó a conmoverme. Yo siempre había intuído que se escribía porque escribir es una manera de interceder de algún modo en nuestro entorno, de generar ciertas consecuencias que son de índole evanescente, y que están después en todas las cosas que vemos. Pensaba cosas por el estilo, nada unívocas, quizás, pero estas palabras de Liscano resumen gran parte del asunto: "Una noche en Colonia, con Henry Trujillo y Elder Silva, mucho vino, a la una de la madrugada, en casa de Helena Corbellini, sin Helena, llegamos al asunto: por qué escribimos. Los tres compartimos algo: salimos de la nada. Mi padre era almacenero, mi madre fue sirvienta, obrera textil, de a ratos costurera. ¿Por qué nos dedicamos a escribir?
Yo ensayé una respuesta: escribo para tener poder. Hacia el poder los caminos son múltiples, pero no infinitos. La plata, la política, los conocimientos, la creación artística. Más preciso: no hay poder en la creación artística, sino independencia, libertad, la ilusión de pensar el mundo, y recrearlo. Destacarse en la sociedad, figurar, saltarse las barreras económicas y sociales. Eso he querido, dije aquella noche en Colonia. He intentado escapar del lugar que se me asignó en el mundo".

viernes, 20 de febrero de 2009

Verano XIX (anti Bergman)


Anoche mi hermano vio "La sed", de Ingmar Bergman. Cuando terminó se conectó al messenger y se puso a hablar conmigo. Me dijo que había quedado profundamente tocado por la historia. No es para menos. "La sed" es una película hermosa y amarga, y cuando terminé de verla quedó dándome vueltas y vueltas horas enteras. Así que más o menos me podía hacer una idea de lo que le pasaba a mi hermano en las primeras horas de la madrugada. Por suerte me tiene a mí. Porque en seguida le pasé el antídoto para borrar cualquier recuerdo doloroso o rastro de spleen que pueda generar "La sed". En su momento lo probé y me dio resultado. Así que por messenger le pasé la dirección y él también pudo recuperarse para dormir un poco mejor.
Se trata del anti-Bergman, más conocido como Klaus Vera, un individuo que se licenció en la especialidad de filosofía del siglo XX en la univerdidad de Upsala a fines de los '80, y que buscó por años una respuesta plausible al dolor del "ser" que atraviesa todo el pensamiento desde Sartre para adelante. Al final lo encontró, en Guayaquil. Hizo esto que aparece en el video, y fue una gran contribución para la Humanidad toda.



jueves, 19 de febrero de 2009

Verano XVIII (memoria)


Íbamos esta tarde en mi bicicleta con la niña M por el camino de la perrera, cruzando unos campos aledaños al arroyo Maldonado en el que ella podía ver a sus adorados caballos. El recorrido era largo e incluía pasar por El Jagüel y el Kennedy para terminar en la 16 de la Brava. Hacía mucho calor y el sol nos pegaba desde atrás. De lado del barco roto que hay en la curva de la perrera aterrizó un avión con la misma suavidad con que llegaba el viento. Luego vimos unas vacas y unos toros con varios terneros y paramos a contemplarlos desde el alambrado. La niña M quedó impresionada con el tamaño de los animales. Y yo también. Hacía tiempo que no me acercaba tanto a una vaca, y eso me hizo perder un poco la noción de ciertas proporciones. Cuando subimos a la bicicleta le pregunté a la niña M qué le parecía todo aquello. Me dijo que le gustaba, pero unos metros más adelante me preguntó:
-¿Podemos pasar mañana por acá así recordamos esto?


lunes, 16 de febrero de 2009

Verano XVII (McCarthy)


He aquí un libro magistral, uno que me hizo darme cuenta de que hacía mucho tiempo que no leía nada que me llegara tanto hasta incomodarme los huesos. Me refiero a "Ciudades de la llanura", de Cormac McCarthy. No sólo hablo de una prosa excelente (desconozco el original inglés, pero creo que esas cosas se transfieren a través de al menos una traducción aceptable, y esta de Luis Murillo Fort debe ser por lo menos eso), hablo de páginas y páginas ante las que me detengo y me veo sofrenando el impulso de avanzar y retrocediendo para releer una o dos veces pasajes que me parecen bellísimos. Y vuelvo a ellos intrigado por la naturaleza de su belleza, y así... Ahora sólo quiero dejar una cita de un pasaje que se puede encontrar pasando la mitad de la novela. No podía parar de exclamar, no podía...
Ahora voy a hacer dos cosas: una advertencia y una "introducción"
La Advertencia: absténganse de leer quienes: tengan una sensibilidad extrema para con el dolor de los perros / vayan a leer esta novela / no gusten de Cormac McCarthy / piensen que los microcuentos son lo mejor y más refinado de la narrativa / tengan menos de cinco años de edad...
La "Introducción": el pasaje trata sobre una cacería de perros, perros que se comen terneros enteros en los campos ásperos de Nuevo México. Una partida de vaqueros, que trabaja para un propietario que ya ha perdido varias cabezas, sale cabalgando hasta cercar a los perros con las primeras luces del alba en una especie de meseta. Y así los van enlazando para evitar que sigan comiéndose a los terneros... Es una forma de decir... Hasta que solamente quedan dos perros... A lo que voy es que me sorprendió y conmovió tanto cómo un narrador puede transmutar algo horrendo en algo simplemente hermoso y elemental (y después, otra vez lo terrible), que quedé en esa suerte de ataraxia emocional que nos llega cuando estamos en presencia de un maestro. Va...

"Alcanzó el primero a los perros y lanzó el lazo sobre el perro amarillo que iba en cabeza. El moteado atajó casi por debajo de las patas del caballo y corrió hacia el borde. El amarillo rodó y rebotó en el suelo y se levantó otra vez y continuó corriendo con el nudo en torno al cuello. John Grady llegó a la altura de Billy y lanzó su cuerda y atrapó al amarillo y cuarteó a su caballo con el extremo doblado de la cuerda y luego dio un tirón. El cabo flojo del cabestro de Billy silbó por el suelo y se detuvo y el perro grande amarillo se alzó repentinamente del suelo volando hacia adelante atrapado entre las dos cuerdas y las cuerdas vibraron con una sola nota breve y apagada y luego el perro explotó.
El sol había salido hacía menos de una hora y en la travesía de la luz sobre la
mesa la sangre que saltó en el aire delante de ellos fue tan brillante y tan inesperada como una aparición. Algo surgido de la nada y absolutamente inexplicable. La cabeza del perro dio varias volteretas, las cuerdas recularon en el aire, el cuerpo del perro aterrizó en tierra con un golpe sordo.
Maldita sea, dijo Billy."

jueves, 12 de febrero de 2009

La peonza


En realidad la tormenta ya había pasado, pero el cielo continuaba completamente gris. Miré a través de las ventanas de la cocina y vi una tromba avanzando desde el este. Los árboles del fondo de la casa no estaban, o sus ramas estaban podadas, y pude ver el desplazamiento de aquello con toda claridad. Se mantenía muy lejos y ya sobre el oeste cuando comenzó a retroceder y yo les dije a los demás que no era una tromba, era una peonza. Unos segundos después sobrevolaba el barrio. Era una peonza oscura y tenía un par de metros de largo y uno y medio de ancho, y parecía también el tramo de un caño de saneamiento o un portalámparas de baquelita invertido. Entonces se detuvo suspendida sobre nuestra casa, yendo hacia arriba y abajo. Nosotros corríamos de una ventana a otra y la veíamos siempre a punto de caer sobre algún sector del techo. Hasta que sentimos el estruendo en la parte central y un hoyo de unos diez centímetros de diámetro se abrió en la planchada. La punta de la peonza amenazaba con seguir taladrando hacia abajo, y ya nos disponíamos a abandonar la casa cuando la peonza subió de golpe. Miramos a través del pequeño hoyo y vimos otro más, mucho más grande, en el techo del primer piso. La peonza había destrozado todo allá arriba. Luego abrí la puerta y salí y la busqué inútilmente. Parecía que se había marchado, pero el zumbido no había disminuído. Y entonces sí, apareció como de la nada a unos metros de mi cabeza. Yo me corrí inmediatamente y la peonza cayó rozándome y hundiéndose casi del todo en la tierra. Los demás habían observado todo desde la puerta. Cuando aquello terminó me fijé a mis espaldas y me di cuenta de que ya se parecía bastante a un caño de los del saneamiento. En seguida escuché unas voces en la puerta, me di vuelta y vi un conejo marrón entrando apresurado hacia el lado de la cocina, como si su manera de entrar a la casa dijera "Menos mal". Un segundo más tarde entraron mis dos gatas, hacia el mismo lado.

lunes, 9 de febrero de 2009

Verano XVI (papá tiene 56)


Una vez me dijo mi madre (una de esas cosas que se les cuentan a los niños para hacerlos pensar por un rato) que en determinado momento de la vida uno siempre va a tener la mitad de la edad de alguien, y viceversa: alguien siempre va a tener el doble de la edad de uno. Claro, tampoco exageremos... Si cuando naciste tu abuela llegó al centenario, ella no se va a quedar sentada esperándote por un jueguito matemático de nivel 1.
Ayer pensaba en eso mientras iba desde el barrio Treinta y Tres al Kennedy en bicicleta, por el camino de la perrera, donde hay un barco partido al medio puesto en medio del campo. Era el cumpleaños de mi padre y caí en la cuenta de que cumplía 56, el doble de mi edad. Uno puede decir que el tiempo, el transcurso del tiempo, tiene espesores diferentes, que puede ser más o menos dilatado, que en su percepción entra allí la conciencia, lo psicólogico, etc., pero lo cierto es que mi padre ya ha pasado por este mundo el doble de tiempo que yo, y eso me da para pensar algunas cosas. Cosas como el hecho de que cada vez que voy a verlo sé que hago un viaje a ciertas narraciones. No creo que sea un modo de hacer reductible la relación o el afecto por mi padre, sino todo lo contrario, la narración que voy encontrando poco a poco en él, esa narración de la que me he hecho consciente hace no mucho tiempo, le ha dado una hondura añadida al vínculo. Son 28 años más, como si a mí se me ocurriera dar media vuelta y empezar a ver qué hay. O como si hubiera nacido al revés, creciendo hacia 1953 en vez de hacia 2009. En esas cosas estoy.
En su casa me encontré con Franco, que se estaba yendo para un concierto o un ensayo, y con mi abuela, su madre. Miro a la madre y a su hijo y les saco varias fotos casuales mientras discuten cosas relacionadas con el recuerdo de conocidos en común. Mi padre sacude un brazo como dándose vencido, mi abuela niega con la cabeza torciendo los labios hacia un costado. No se ponen de acuerdo, parece que entre ellos se abriría un abismo de incomprensión, y sin embargo siento de golpe que ese espacio es mutuo, que ellos se encuentran allí y que eso trae una historia, la historia de ellos dos. Miro más fijamente a mi abuela, veo sus brazos arrugados y fofos, sus dedos pulgares dan vueltas entre sí mientras mi padre se apoya en una pequeña mesa para hablar con más comodidad sobre el micrófono de la computadora en una charla con mi hermana, que está del otro lado del Atlántico. En un momento ambos quedan de costado y sus perfiles se hacen casi idénticos. Luego ella se levanta de la silla, va hacia el sillón y conversa aparte conmigo. No sé por qué, nunca sé por qué, pero siempre saca temas sin ningún motivo aparente, y allí nomás comienza a hablarme de los inicios del Deportivo Gardel, un equipo de fútbol de San Carlos, y me habla de un tal Celestino que salía por el pueblo a reclutar a los niños para formar el primer equipo del club, o algo por el estilo. Siempre que la veo pienso en su padre, que va a ser el personaje principal de una novela que quiero escribir dentro de tres o cuatro años. Veo sus rasgos y pienso cuántos de ellos se corresponderían con aquel hombre. Es más, de dónde viene toda esa gente que de pronto en determinado acto fue necesaria para constituirnos. Ese es el misterio más grande de la vida, para mí.

viernes, 6 de febrero de 2009

Verano XV (Cheever)


¿Qué era? ¡Ah, sí!...
Estoy terminando de leer una anotología de relatos de John Cheever titulada "La geometría del amor" (la selección es de Rodrigo Fresán). En realidad su lectura, al menos la lectura de estos relatos, me genera ciertos sentimientos encontrados. Es decir, me han parecido magistrales los siguientes ejemplos: "Las joyas de los Cabot", "Las casas a la orilla del mar", "El ladrón de Shady Hill" y "El nadador", y evidentemente Cheever es un narrador de esos pocos que tocan y dominan esa sustancia que atraviesa todas las cosas, pero también es cierto (sigo hablando de mi lectura, desde luego) que hay explicitaciones acerca de lo que los personajes sienten y que estas no me gustan tanto. Se me dirá: pero los escritores no escriben ciertas cosas esperando todo el tiempo que a uno le gusten o no, las escriben en arreglo a una imagen del mundo que ellos poseen. Está bien. Hablemos entonces de representaciones del mundo y de las relaciones entre sus distintos casos... Como sea... Lo curioso es que eso que a veces me disgusta un poquitín de algunos relatos de Cheever, en otros se vuelve algo arrasador... A continuación dejo dos momentos de su prosa que me parecieron hermosos...
"Recorrí las calles, preguntándome qué papel haría en la profesión de carterista y ladrón de bolsos, y todos los arcos y los campanarios de San Patricio me recordaban las colectas para los pobres. Tomé el tren de costumbre para volver a casa, y por la ventanilla contemplé el paisaje apacible y la tarde de primavera, y me pareció que los pescadores y los bañistas solitarios y los guardabarreras y los jugadores de pelota en los baldíos y los amantes que no se avergüenzan de su propia actividad, y los dueños de pequeños veleros y los viejos que juegan naipes en los cuarteles de bomberos eran las personas que zurcían los grandes desgarrones que los hombres como yo dejaban en el mundo." (El ladrón de Shady Hill)

"Estamos en otoño. Las hojas cambiaron de color. No hay viento esta mañana, pero las hojas caen por centenares. Creo que si uno quiere ver algo -una hoja o una mata de pasto- tiene que conocer el perfil del amor. La señora Uxbridge tiene sesenta y tres años, mi esposa no está, y la señora Smithsonian (que vive en el otro extremo de la ciudad) rara vez está de humor estos días, de modo que tengo la impresión de que no alcanzo a percibir una parte de la mañana, como si el momento tuviese un umbral o una serie de umbrales, y ya no pudiera franquearlos. Jugar entre dos a la pelota podría ser eficaz, pero Peter es demasiado pequeño y el único vecino a quien le interesa el juego asiste a la iglesia." (La cuarta alarma)

lunes, 2 de febrero de 2009

Verano XIV (hierro 2)

Anteayer, cuando íbamos en el ómnibus con la niña M de regreso de la casa de su abuela, por el centro de Maldonado, subió el hombre que me regaló mi primer palo de golf. En realidad, suelo verlo seguido, y en cada oportunidad se agrega un rasgo más de derrumbamiento que nunca puedo llegar a identificar del todo. Esta última vez estaba un poco borracho, pero los ojos traslucían también una dificultad para ver. Su ropa era prolija, y hasta se podía decir que llevaba buena ropa, pero toda ella iba acomodada en el cuerpo del hombre como de mala gana, como si se sacudiera para todos lados tratando de zafar del contacto con aquella piel. El pelo estaba canoso en su mayoría, algo revuelto en la parte superior. Este hombre ya mayor ha sido caddie durante toda su vida en el club de golf, y fue también cliente del bar que primero tuvo mi abuelo y que después fue de mi padre, en el Kennedy. Ayer, sin embargo, no me reconoció, quizás por esa especie de ceguera espontánea que viene de la mínima timidez que nos da subir a un ómnibus, y que nos hace pasar por alto rostros familiares. La niña M y yo íbamos en los primeros asientos, sobre la puerta de subida, así que el hombre no nos vio. Nos dio la espalda para pagarle al chofer y un instante después siguió hasta el fondo del pasillo. En cuanto a mí, creo que podría haberlo saludado. Podría haberle tocado con la mano el brazo para ver de inmediato cómo sonreiría al identificarme. Pero no lo hice. Dejé que continuara. Así que toda la situación se transformó de golpe en una exposición, un desfile de una parte de mi vida. Una figura que pasaba de derecha a izquierda en un puesto de kermés para despertar un tiro de la memoria que podría dar en el blanco o no. Todo justo ahora, cuando estoy escribiendo un cuento sobre golf que me hace volver a por lo menos diez o quince años atrás.
El palo era un hierro 2, con la vara de grafito. El grafito estaba pelándose, igual que la goma del grip. Lo interesante, lo que lo hacía agradable, era que tenía le tamaño propio para un niño. Nunca recuerdo el instante en que me lo regalaron. Un día le pregunté a mi padre de dónde había salido el palo, y él me lo explicó: "Te lo regaló 'Fulano'...". En definitiva, el palo resultó muy útil como divertimento. En cierto modo, para los niños del Kennedy, un palo de golf es uno de los juguetes más usuales, o al menos lo fue en una época. Siempre había alguien que tenía uno, y los demás se acercaban para tirar con él. En determinada época me tocó entonces ser uno de los que tenía un palo de golf. No me dejaban salir seguido de casa, pero cuando eso ocurría me ponía a tirar pelotas hacia el monte de enfrente y al rato comenzaban a llegar vecinos de mi edad. Pero el palo tenía también otras utilidades. Causaba accidentes, por ejemplo, y al mismo tiempo, protagonizaba incidentes. Un accidente: cierta vez se lo persté a Rafael o a Mauro (no me acuerdo cuál de los hermanos fue), este hizo un swing y yo, que estaba detrás distraído, recibí la cabeza de hierro entre el pómulo y el arco superciliar del lado derecho. Un incidente: cuando venía Javier siempre buscaba lío... Una vez estaba yo con alguien más y apareció él y amagó con pegarnos o meternos la pesada. No sé por qué, pero en determinado momento sentí que la mejor solución posible era reventarle la cabeza del palo en medio de la frente, y eso hice, por supuesto. A partir de allí empezó una vida furtiva. No tenía muy claro cómo me podía ir peleando contra él, pero lo cierto era que si llegaba a ganar a la vuelta me las iba a ver con Esteban, que era el hermano mayor, con el que ya me había agarrado a trompadas dos o tres (en mi mente ambas peleas son el frente de mi casa y en ambas yo trataba de darle desde el piso una patada en la cara... una pura ilusión, lo de la patada digo, porque era bastante alto...), como digo, dos o tres me fui a las manos con Esteban y las dos o tres veces salí bastante mal, incluso con una de las peores cosas que te podía llegar a pasar, que era que tu padre saliera a defenderte, a espantar al otro. Por todas esas cosas yo trataba de no encontrarme con Javier. Si me mandaban al almacén y lo veía en la calle corría hasta mi casa. Una vez yo iba en bicicleta hasta El Jagüel y él salió del monte y comenzó a perseguirme. En cierto instante tuve la seguridad de que me iba a alcanzar. Yo daba pedal, miraba hacia adelante y de inmediato miraba hacia atrás. Una vez y otra vez. Una y una. Javier apretaba los dientes y resoplaba y le saltaba la baba por los costados de la boca con cada exhalación. Pero cuando llegó el repecho, no sé por qué, la distancia se amplió y él quedó atrás. Esa fue la última corrida que yo recuerdo. Después de eso tuvo que haberse cansado, porque una vez estábamos jugando al fútbol al lado de la capilla y se me acercó y me dijo: "¿Qué rajás? ¡Si ya no te voy a cagar a patadas!"...
Al fin y al cabo, la vida del hierro 2 llegó hasta que yo tenía unos 12 ó 13 años, no más. Estábamos en el driving range del club de golf en otoño o en invierno (cuando el driving quedaba un poco abandonado y nadie nos podía echar) y yo hice un swing y a la vuelta sentí el palo más liviano, luego vi algo moverse sobre mí y supe que la cabeza del palo se había separado y que caía como un meteorito. Éramos cuatro o cinco esa vez, y todos intentamos correr hacia lados distintos, chocándonos. Pero no pasó nada. La cabeza cayó y se hundió en la gramilla húmeda. A los días no sabíamos qué hacer sin el palo. Íbamos al driving por costumbre y fuimos descubriendo otras maneras de pasar el tiempo, como cuando desagotamos un tanque de aceite que se usaba para acumular agua para lavar los palos y las pelotas en la temporada. Al principio lo volteamos un poco movidos por ver el efecto de toda esa agua derramándose en estampida. Más tarde le encontramos otra vuelta al asunto y convencimos a R. para que se acostara adentro. Llevamos rodando el tanque hasta la altura del tee con el niño dentro y eso nos entretuvo un rato al llevarlo para un lado y para otro. Pero después quisimos probar algo más y miramos hacia el resto del driving. Por allí el terreno baja unos ciento cincuenta metros. Sin decir nada empujamos el tanque hacia la bajada y de inmediato nos asustamos. Apenas rodó un par de metros nos dimos cuenta de que aquello no iba a ser divertido. El tanque dio dos o tres tumbos grandes y el cuerpo que iba dentro rebotó contra las paredes. El niño empezó a chillar. No sé cómo ocurrió lo siguiente, pero cuando pensábamos que el tanque iba a pasar de largo ya el cartel de las cincuenta yardas, fue describiendo una curva hacia la izquierda y se frenó contra el alambrado que separaba el driving del hoyo 1. Corrimos hasta allí y sacamos al niño tirándolo de los brazos. Uno que estaba a mi lado se puso a llorar: "Lo matamos", dijo, y ahí vimos que la cosa era grave. Pero el niño no hablaba porque estaba blanco. Cuando se pudo parar nos empezó a decir que éramos unos hijos de puta, pero ni siquiera tenía la fuerza necesaria para decirlo, así que era como si no hablara. Después se levantó el buzo, mostró un par de magullones y murmuró que le iba a decir a sus padres. Entonces cada uno se fue para su casa esperando cualquier catástrofe, al menos yo. Sin embargo, los padres del niño ni se preocuparon por lo que le habíamos hecho o le había pasado.
Todas estas cosas me vienen a la cabeza a partir de haber visto a aquel hombre. Su deterioro no deja de parecerme el deterioro de algo más. Había un tiempo en que las cosas eran de una manera, y no digo que mejor, no quiero caer en ese facilismo. No eran peores ni mejores. El cuento que estoy escribiendo ahora es parte de eso, ir también hacia un mundo que me sigue pareciendo incomprensible. Y todo tiene que ver con el relacionamiento de la gente, más que con el cambio del paisaje o la ida o la llegada de alguien.


domingo, 1 de febrero de 2009

Verano XIII (el techo de los Beatles)

Siempre me acuerdo de esa afirmación de John Lennon ante Jan Wenner, para la revista Rolling Stone, a comienzos de los años '70. Lennon decía algo así como que lo mejor de los Beatles nunca había sido grabado, nunca había sido atrapado en un disco. Esa idea, a la que bien se le puede atribuir algo de obvio resentimiento, probablemente encierre algo más. Cosas como el mito de que de adolescentes, antes de que saliera "Please please me", John y Paul habrían compuesto más de mil canciones... Está bien... Pero el discurso de Lennon giraba en esa entrevista entre la bipolaridad "sincero" - "no sincero"... Yo creo que el ex-beatle trataba de hablar de algo como lo fermentales que eran sus sesiones, antes de cualquier retoque o arreglo. Creo que Lennon trataba de hacer entender que el verdadero fenómeno creativo de los Beatles (¿como con todo artista?) estaba en el material bruto, aquello que era inaccesible para los que se aplicaban a oír a la banda desde el mito que brindaba la industria musical, o para los que la oían, así sin más. Por ahí pasa lo de entender qué quería decir Lennon en esa entrevista cuando sostenía que al final lo que él deseaba era bajarles los pantalones a los cuatro beatles.O: ¿cómo hacían para seguir siendo fieles a sí mismos y no ceder ante una imagen fosilizada? Lo novedoso del proyecto de las sesiones de "Let it be", prescindiendo de George Martin como productor y de cualquier efecto de sonido que arrastraran de la psicodelia, dándole forma a canciones casi en una toma sola, fue eso mismo, una búsqueda de sus raíces musicales. Me quedo con lo de lo fermental y recuerdo una declaración de Billy Preston (a quien los Beatles habían invitado para acompañar a la banda con el fin de que... No, no, no... Nunca dejo de asombrarme... ¡¡Ese tipo fue un elegido!!) en la que refería que el momento cumbre de su carrera habían sido todas aquellas horas pasadas en los ensayos de las sesiones de "Let it be".
Ayer se cumplieron cuarenta años del último día en el que los Beatles se presentaron en público, justamente en el centro de Londres, en un concierto improvisado sobre el techo de su casa de negocios, la Apple. Ese es el final también de la película "Let it be", y para muchos seguidores de la banda la misma resulta un poco amarga. A mí en cambio me parece un documento increíble acerca del proceso creativo. Hasta me causa euforia. En mi casa tengo una copia de la película y cada tanto la coloco en el DVD y la dejo correr mientras me dedico a la vida doméstica y pedestre. "Let it be" es una película de una fuerza abrumadora. Muestra cómo una banda, "la banda" arquetípica, se desmorona, es cierto (para eso está, como sola muestra, la discusión agria entre Paul y George por unas líneas de guitarra en "I've got a feeling"), pero muestra asimismo que ese grupo de personas no puede parar de componer y de, por si fuera poco, sentirse unidos y felices aunque más no sea en el plano musical, en una cápsula de tres minutos de duración que los separa del bien y del mal. Quizás por eso a John y a Paul se los ve tan contentos entre sí.
Una cosa que siempre me llamó la atención es la aparición de los policías. Los Beatles, esos que le hicieron ganar tanto en impuestos y exportaciones al Reino Unido, son silenciados por la fuerza del orden lo mismo que cualquier grupo de escandalosos. Ahí hay algo. Donde uno hubiera esperado la permisividad, la excepción que confirmaba la regla de la flema inglesa, llega nomás el golpe de gracia del orden superior. De hecho, una de las fantasías de Lennon antes del concierto era la posibilidad de que los llevaran detenidos... Así que al fin y al cabo, los Beatles apagan sus equipos y son conminados a descender del escenario, como si los bajaran de un retablo de mala muerte en Hamburgo o como si los hubieran obligado a hacer silencio en la adolescencia de Liverpool. Es ese tipo raro de pasión que te despierta que los demás no puedan soportar ciertas cosas tuyas, y que por eso mismo, esas cosas, se te pegan y te definen.

(Y los Beatles siempre nos redimen)

domingo, 25 de enero de 2009

Rojo

Al principio aquel lugar parecía una iglesia, después, mientras me instalaba entre los primeros asientos, un poco sobre la derecha, me fui dando cuenta de que había algo en la ambientación que sugería un teatro. Luego empezó una representación en la que actuaban varios curas. Bailaban o se movían abriéndose paso entre ellos. Entonces yo me levanté y caminé hasta el escenario y traté de formar parte de lo que estaban haciendo. Pero en seguida me di cuenta de que al menos un par de curas no se llevaban bien entre sí o hacían cosas que a mí me dejaban espantado. Sin embargo no llegué a hacerme una idea de lo que ocurría. Desde el otro lado comencé a sentir que me llamaban o que me gritaban para que me bajara del escenario. Y eso hice, pero cuando estuve a punto de volver a ocupar mi asiento, vi en el suelo un papel maltrecho y doblado de forma despareja. Estaba muy próximo a uno de los asientos de la fila izquierda, y la persona que había allí también se fijó en el papel. El papel era un recorte de una página de un diario o era algo que yo había escrito. La persona me miró y me dijo que probablemente el papel estuviera ensopado, pero que eso se podía arreglar. Entonces apareció uno de los curas, recogió el papel y abrió una especie de cabina que había sobre la derecha, al pie del escenario. Adentro había un montón de formas hechas con papeles de colores muy suaves. Parecía el resultado de haberse puesto a pegar por los extremos tirillas de papel y doblarlas hasta darles determinada sensación de cubos o pirámides o estrellas... Pensé al mismo tiempo que los colores eran iguales a los de algunas pastillitas que me gustaba comer cuando era niño. Pero no me dio tiempo para nada más: el cura frotó el papel que había estado en el piso con algunos de los que estaban en la cabina y me aseguró que en poco tiempo se iba a secar. Cuando me lo dio, el papel ya se parecía a otra cosa. Era como un sachet muy delgado, una lámina que contenía en su interior un líquido rojo que formaba curvas donde se concentraba. Fue ahí que sentí que aquello era mi propia sangre. Y a partir de ese instante observé que las curvas se complicaban de tal manera que yo podía entrever hasta una escena como esta: la silueta de una persona de pie, un leve balanceo del cuerpo hacia adelante y la cabeza que sale despedida y cae con la violencia de una piedra liberada.

(La imagen pertenece a Jeremías)

domingo, 18 de enero de 2009

Verano XII (soñar)

Hoy debe ser el primer día del año en el que llueve en esta parte del país. Creo que todo comenzó unos momentos después del amanecer, cuando escuché a través de los postigos cómo las gotas susurraban al amortiguarse sobre las hojas de las plantas. Atrás quedó la tarde extraña de ayer, cuando estábamos con Franco en la Mansa, que se había vuelto más honda y verde, y observábamos a lo lejos la tormenta eléctrica que se extendía sobre el lado norte del departamento, mientras que del lado opuesto el sol mordía nuestras espaldas... Así que hoy llueve y está fresco. Y me la he pasado leyendo y esperando a salir a la calle para alquilar alguna película...
Hace tiempo, quizás desde hace un par de meses, que me viene preocupando el hecho de que no sueñe seguido.
Es decir, siempre estuve acostumbrado a despertarme y repasar de inmediato las imágenes de lo que soñé mientras doy vueltas por el baño o por la cocina.
Y la verdad es que ya no es lo mismo. Si tengo algún sueño las imágenes son difusas, carentes de interés y hasta desprovistas de secuencias. A veces me da por pensar también que cuando algo así sucede, al menos en mi caso, es porque atravieso períodos de tranquilidad. No sé... Quizás sea algo pasajero...
Hoy soñé con una fotografía en la que aparecía la abuela de un ex-alumno. Era una fotografía tomada en una fábrica textil de San Carlos, y en ella una mujer de unos cincuenta o sesenta años tenía en brazos, sobre la mesa de trabajo, a un bebé de pocos meses, que era mi ex-alumno. De pronto miraba hacia la derecha de la imagen y veía a mi abuela Elcira (la madre de mi madre) concentrada en su trabajo. Lo cierto es que esa fotografía se terminó transformando en la prueba crucial de una investigación, a tal punto que alguien me la robó, o me robó la imagen de mi abuela, dejando la fotografía donde estaba. El sueño era algo así, pero después se transformaba en otra cosa, algo medio estúpido como unos muchachos imitando a Led Zeppelin y bajando por la calle Tristán Narvaja de Montevideo, cambiando poco a poco el ritmo por algo más candombero. Al final los muchachos acabaron por sacudir las caderas, y creo que eso me hizo darme cuenta de que ya era la hora de despertar.
Como sea, todo eso me pareció bastante austero.
Hoy de mañana leí un cuento de Truman Capote titulado "Profesor Miseria". Es la historia de un hombre, Mr. Revercomb, que se dedica a comprar los sueños de varias personas. Las hace pasar a una habitación y las deja hablar mientras su secretaria, Miss Mozart, comienza a mecanografiar cada palabra. En realidad el relato está centrado en Sylvia, una muchacha que, como varios más, cambia su sueño del día por unos pocos dólares...
"-Menos mal que los otros no saben que el profesor Miseria te dio diez dólares. Alguno diría que le habías robado el sueño. Eso me sucedió una vez. Nadie se salva de las dentelladas, nunca he visto tantos tiburones, son peores que los actores, los payasos o los hombres de negocios. Es algo demencial, si te paras a pensarlo: la obsesión de si dormirás o no, si tendrás un sueño, si lo recordarás. Una y otra vez. Consigues un par de dólares y te lanzas a la primera licorería o a la primera máquina de pastillas para dormir, y antes de darte cuenta, ya estás total y absolutamente pirado. ¿Por qué? ¿Sabes a qué se parece? Es como la vida misma."

(Nota: Franco se aprovechó de mi inocencia de dormido y me sacó esa foto hace un par de veranos)

jueves, 15 de enero de 2009

Verano XI (decimonónico total)

a) Extraño el siglo XIX. Es más, creo que el siglo XIX terminó demasiado pronto.
b) Tengo ganas de volver a leer a Julio Verne.
c) Leí en internet que el gobierno de Australia hizo un llamamiento para ofrecer un trabajo por el que pagará 100.000 dólares en seis meses. El postulante sólo tiene que saber nadar y bucear, porque el trabajo consiste en pasar todo ese tiempo en la isla Hamilton. El elegido deberá además dar cuenta semanalmente mediante un blog, u otro espacio similar, de lo que vive día a día. O sea, además debe saber escribir bien y hacer buenos encuadres con la cámara digital, porque la secretaría de turismo de Australia (o un entidad por el estilo) está bastante preocupada por la caída del turismo en esa zona y por lo tanto ha decidido lanzar esta propuesta. Esto me hace acordar a esos otros trabajos que hay por el mundo, en los que te pagan una fortuna, pero que tienen como contrapartida el riesgo de muerte o de locura. Una vez, un cantinero de un liceo me mostró un anuncio en un diario. Se necesitaban hombres mayores de 20 años para trabajar en plataformas petroleras en medio del mar. "Pero hay que aguantar, pibe", me decía el tipo. Pagaban mucho, realmente mucho por día, pero no era cuestión de pasar una semanita a lo avivado. Te dejaban ahí entre todos esos fierros asediados por las mareas y aguantate hasta que se te termine el contrato. Creo que fue Paul Auster el escritor que trabajó en algo por el estilo. Así que apenas uno lo piensa comienzan a vérselas las contras a toda la cuestión: la soledad (si llegado un momento uno no la resiste), la lejanía, la desolación y (que me perdonen acá) los compañeros que empiezan a ponerse mimosos. Tengo algunos conocidos que han estado en la cárcel varias veces y que de seguro me dirán: "¿Y eso qué? Por lo menos sabés que ahí te están pagando..."
d) Una vez escribí para una nota algo así como que la saturación de información, hoy en día, o la posibilidad de llegar a saber sobre cualquier cosa tan alejada (internet) hacía que el mundo se hiciera pequeño. No es la gran revelación. Todo el mundo lo dice. Pero en esa nota yo hablaba de eso en relación con el mundo que uno percibe en las novela de Julio Verne o de Emilio Salgari, en algunos relatos de Stevenson, también, y, posteriormente, en Somerset Maugham. El mundo era prácticamente inconmensurable porque aquello que daba la sensación de cercanía entre un punto y otro, y que es una noticia o una carta, era algo que demoraba o era incompleto o pasible de deteriorarse. Sin embargo, ahora me pongo a pensar en si no volverá a pasar lo de antes, que el mundo se agigante una vez más, que el hecho de disponer de cualquier tipo de información en el instante se transforme en una especie de sensación vacía, en un pasaje del "es-como-estar-ahí-mismo" a otra cosa. Por supuesto, el mundo está allí afuera, y con sólo salir se ve lo grande que es.
Esto me lleva también a pensar una y otra vez en una de mis grandes aficiones: viajar. Una afición que por otra parte siempre se vio frustrada. Los lugares más lejanos que he visitado son Salto y Chuy. Creo que por eso me emocionan tanto aquellas novelas del siglo XIX.
e) Pero sí que hay gente que viaja a la vieja usanza. Gente solitaria en un velero. Ayer estábamos en la playa, luego de muchísimo tiempo sin reunirnos, Valentín, Felipe, Rodrigo y yo (más tarde llegaron V y Franco). Felipe contó sobre un conocido de él que se dedica solamente a navegar en solitario. Un día el tipo le dijo a su familia que se iba por ahí, por el mundo en su velero. Atravesó huracanes, fue asediado por piratas, y sólo le da noticias de cómo está a su familia cuando toca puerto de vez en cuando... ¿Piratas? ¡Sí! Yo ya había oído algo sobre los piratas somalíes hace unos meses, pero ahí Valentín empezó a hablar de las "ratas de agua" brasileras, unos piratas que se apostan en el Amazonas esperando a aquellos que remontan el delta. Así murió Peter Blake, dice Valentín. No Peter Blake el que andaba con los Beatles, sino aquel que ganó la regata Whitbread cuando nosotros éramos chicos, cuando la Whitbread pasaba por Punta del Este, el único lugar de la regata donde las embarcaciones tocaban puerto dos veces. Me acuerdo de eso, fue en el '91. Las maestras andaban como locas y nos regalaron a todos unas revistas en inglés que explicaban la historia de la regata y presentaban a cada uno de los equipos. Después creo que trajeron bombones, o que en el turno de la mañana varios de los navegantes habían pasado a dar una charla con un intérprete y luego regalaron bombones, o que eso había sido sucedido en otra escuela, o en esa y además otra, y otra... No me acuerdo bien. Bueno, Peter Blake navegaba hacia Manaos, o por ahí, y fue interceptado por las ratas de agua, que andaban en motos acuáticas. Blake se resistió y fue acuchillado en el vientre. Murió unas horas después en un hospital de Belem.

sábado, 10 de enero de 2009

Verano X (intimidad)

Antes que nada creo que es conveniente no matar a las aguavivas.
Iba cruzando unos semáforos por Roosevelt hace un rato, de camino a la compra de un paquete de hamburguesas para la cena, cuando sorprendí la intimidad de alguien. Y ahí me di cuenta de que eso fue lo distintivo hoy: ser sorprendido o ser asediado por las intimidades de los demás. Hace un rato, como decía, fue un hombre, que esperaba ante el semáforo en rojo. Era un obrero que habría estado haciendo horas extras, que volvía agotado en su bicicleta a su hogar. Yo crucé haciendo una U frente a él y de golpe nuestras miradas se tocaron, justo en el instante en el que él se hurgaba la nariz con ferocidad. Hubo algo ahí. De repente mi mirada significaba yo paso casi sobre la medianoche, entre todas estas luces y sombras de la avenida y tú te sacas los mocos como lo podrías hacer en la soledad del descanso en la hora de trabajo o frente al espejo muy temprano en la mañana, pero ahora paso yo y tú no te aguantas y controlas al menos ese placer, el único placer que podrías tener hasta caer rendido en tu casa igual que un animal que se regodea con las primeras mordidas de lo que ha cazado ante la vista de sus competidores. Todo por un par de mocos, me dirán. Está bien. Pero por un momento yo tuve que mirarlo y darle un poco más de conciencia a eso de todos los días. Así que de esa forma te sacas los mocos. No sé nada de tu vida, quizás no te cruce nunca más en el resto de mis días, pero ya sé cómo es que haces con la boca cuando entra el dedo índice. El labio superior se repliega, se tuerce un tanto a la derecha y luego aparecen los dientes de arriba hasta las encías...
Tengo que reconocer que me encanta escuchar conversaciones ajenas. En la playa a veces uno lo hace sin que se lo proponga, las voces llegan solas... Pero también esto ocurre con el uso de los celulares. Así, hoy al mediodía, en la cola para pagar una factura de Antel me entero con el señor que hablaba por celular a mis espaldas que el afiche de la maratón San Fernando, que es auspiciada por Reebok, tiene en realidad la figura de un atleta que está suspendido en medio de una zancada llevando ropa Nike. Pero también me entero de que la última película de vampiros que están dando en un cine de Punta del Este "se puede ver", y que en una óptica de allí mismo están en ofertas los anteojos de sol Nike. Con esto de los celulares me parece que a veces pierdo el interés por lo que pueda sacar de pre-literario (por si se pudiera rescatar algo en cierto modo), ya que no pasa un minuto de escuchar una charla en cualquier lugar público cuando comienzo a sentir vergüenza ajena, como una vergüenza de ser yo mismo el que está hablando por ese teléfono y desnudándose así ante los demás, dándole rienda suelta a las vanidades de curso común... Una chiquilina, a la tarde en la playa, salta jugando con sus amigas y un seno se escapa del corpiño. En cierto modo, más allá de que mis anteojos oscuros pudieran hacerla dudar, sabe que yo tuve que haber visto la escena. Y así fue. Y lo mismo, la sensación bastante duradera de que nadie sino yo había visto eso en toda la playa. ¿Para qué? ¿Para qué soprender de nuevo la intimidad de alguien? Un hecho, una imagen imprecisa que al final se borró igual que las huellas que dejan los que caminan junto al agua. No hay modo. La intimidad de los otros nos llega de una manera u otra, y nosotros mismos dejamos por ahí las marcas de nuestra propia intimidad como huellas dactilares sobre un vidrio empañado. ¿Y qué hacer? ¿Seguir el juego? ¿Superponerlo a otro juego?
A las aguavivas todo esto les interesa un pepino. Y ni siquiera saben lo que es un pepino. Ellas sí que saben lo que es la intimidad. En realidad, si la intimidad está dada por algo con lo que confrontarla o distinguirla, creo que de las aguavivas se puede decir casi-casi que de ellas no emana algo que los demás podríamos reconocer como "intimidad". Ellas son la INTIMIDAD. El aguaviva es un misterio total. Hoy había un hombre sacando del mar con el baldecito de sus hijos un montón de aguavivas del tamaño de una pelota de fútbol. Las dejaba tiradas cerca de la orilla y el sol empezaba su lento trabajo de resecamiento. Tuve ganas de agarrarlas una por una y devolverlas al agua, pero eso iba a traer problemas para los que yo no estaba preparado (entiéndase que el tipo pesaba el doble que yo, por ejemplo). Era lo que hacíamos hace un par de años con Felipe en el muelle de la parada 3. La gente las sacaba y nosotros las llevábamos de nuevo al agua. Un tipo se nos acercó y nos insultó invocando las salud de su hija. Nos hicimos los tontos y seguimos. La cuestión fue que unos minutos después subimos al muelle y observamos la superficie del mar desde allí. Era como ver una nube calada. Cientos, miles de circunferencias blanquecinas flotaban por todas partes. Por eso decía, es conveniente no matarlas. Ni siquiera se justifica desde el punto de vista práctico. Pero el padre-que-demuestra-en-verano-en-el-balneario-que-él-es-el-padre-antipeligro seguía sacándolas, y así vine a ver un prodigio. Uno de esos cangrejos que habitan a veinte o más metros de profundidad en lo más oscuro de la bahía se hamacaba colgando de una de sus pinzas de los tentáculos de un aguaviva. Entonces se formó el gentío, porque es raro ver un cangrejo de esos de La Barra hacia el oeste. Un ser agrisado, pinchudo y chato que no quedaba bien bajo la luz del sol. Pero al final el cangrejo pudo recuperar su libertad. Era algo demasiado extraño, demasiado impropio como para poder contemplarlo por mucho más tiempo. Era algo que quizás no teníamos que haber visto, que había salido de un sitio que no era el nuestro; ni siquiera las patas arquéandose dejaban de transmitir la idea de que aquello no encajaba con nada. Entonces el padre lo puso en el baldecito y lo aventó unos metros más allá. La niña M había mirado todo el tiempo por entre el círculo de piernitas que habían formado todos los otros niños que sí se habían animado a acercársele. Me pregunta por qué los cangrejos tienen "agarraderas" (por las pinzas) y salimos caminando hacia donde tenemos las cosas. Trato de seguir con la lectura pero después un hombre habla con la familia de su hermana sobre los últimos días del divorcio de su última esposa. La llamaba una tarde y ella le decía: "Estoy en el shopping". La llamaba al día siguiente y ella respondía: "Estoy en las uñas". Imitaba la voz chillona de la mujer mientras su hermana y su cuñado y los hijos más grandes lo miraban simular con la mano la forma irrenunciable de un teléfono.

jueves, 8 de enero de 2009

Verano IX (quehacer)

Bueno... Terminé hace una hora más o menos un relato largo que empecé casi a mediados de diciembre. Es el primer borrador y todo eso, pero ya cacé la mariposa (supongo). Ahora tengo que sacarla del calderín y etcétera, etcétera. Así que me siento muy feliz. Y al mismo tiempo ya no sé si quedan a veces ganas de permitirse la ilusión de una completa felicidad. Prendo la tele y veo las mismas cosas de mierda que siguen ocurriendo. No estoy queriendo ser demagógico. Estoy tratando de conciliar dos estados de ánimo puntuales que se encuentran esta noche. Acabo de terminar un relato que por algún punto se toca con cosas que pasan hoy en día. Así que me sucedió esto... Puse el reproductor de la computadora, con la función de que hiciera una selección aleatoria de todos los temas que hay en el disco duro, y salió primero "All I really want to do", de Bob Dylan. Me partió al medio. Ni felicidad, ni tristeza. Un estado piadoso. Algo que se mira a sí mismo y que dice: ¿Y a qué viene todo esto?... Me estoy durmiendo. Pasan algunas motos por el Camino a la Laguna, el ventilador del techo zumba. Ya no hay ruidos de pasos de nadie en la casa. Tengo la noche por delante, puedo dormir, puedo leer, puedo ir a tomar un vaso de agua en la cocina. Tantas cosas. Todo eso es normal, completamente normal. Me doy cuenta.

lunes, 5 de enero de 2009

Verano VIII (Spielberg)

Ayer salimos a dar un paseo largo con la niña M, y al volver a casa, mientras nos disponíamos a esperar a V y preparar la merienda, nos encontramos con que en el cable estaban pasando "Parque jurásico" (1993), de Steven Spielberg. En realidad la que la encontró fue la niña M, que se puso a hacer zapping y salteó sus canales de dibujitos animados cuando vio la escena en que aparece un tiranosaurio amenazando a los ocupantes de dos camionetas. Me fui a la cocina a preparar algo y luego regresé para ver lo mismo que veo cada vez que me sale al cruce esta película en el cable: la escena en que los niños llegan a la cocina y son acechados por los velociraptors. Es una escena que me fascina, es más fuerte que yo, a tal punto que, cuando termina, ni siquiera sigo mirando el resto.
Mientras merendábamos miraba la cara de la niña M, absolutamente arrebatada por algunas escenas. ¡¡Eso es alienación!!, dijera cierto escritor nacional. ¡¡Ja!!... Luego llegó la escena de la cocina, un muy buen ejemplo de montaje y de tensión. Los niños escapan, entran y cierran la puerta, pero el velociraptor que los persigue logra abrirla e ingresar junto a otro más.
Esta escena me hace acordar siempre a una más reciente que aparece en otra película de Spielberg, "La guerra de los mundos" (2005). Se trata de la secuencia en la que uno de los "tentáculos" de los trípodes de los marcianos ingresa en el sótano en el que están escondidos el padre (Tom Cruise) y su hija (Dakota Fanning) junto a su desequilibrado anfitrión (Danny Boyle). Creo que en realidad Spielberg repitió el mismo procedimiento que en la secuencia de "Parque jurásico" (incluso aparece el recurso del engaño a través del reflejo). Pero no es que me moleste, todo lo contrario, porque el resultado sigue siendo interesante; de hecho, "La guerra de los mundos" es una muy buena película que le hace honor a la novela de H.G. Wells.
Otra cosa en común: las actuaciones de las niñas...
Dejo aquí debajo las escenas en cuestión...




sábado, 3 de enero de 2009

Verano VII (virginidad)


Hace unos cuantos años que tengo con un amigo una conversación que a lo largo del tiempo agrega capítulos nuevos. Tiene que ver con esto: ¿Por qué en la narrativa uruguaya sus escritores se saltean tantas cosas interesantes que tiene nuestra realidad? ¿Por qué hay tantos espacios de nuestro país que continúan, en esta realidad actual que vivimos, vírgenes, ignorados por la literatura?
En cuanto a mí, ya no meto a mi amigo en esto, creo que la mirada montevideana es lo hegemónico. Hace tiempo dije en una entrevista que me hicieron que hablar de narrativa uruguaya actual era casi-casi hablar de narrativa montevideana. Me llovieron palazos de todos los colores. Sonaba a boutade, es cierto, pero en realidad tenía una lectura más profunda. No me refería a que en esa narrativa el escenario fuera invariablemente la ciudad de Montevideo, que para eso basta con dar una lectura superficial para darse cuenta de que no es así, sino que me refería a una noción de perspectiva en la representación, a cómo la mirada montevideana acomoda el objeto en el que hace foco a una serie de valores que le son propios a esa mirada, y por eso deja cosas afuera al mismo tiempo que incluye otras. Esto no es bueno ni es malo: es. Hablo de una serie de temas, de tratamientos de los mismos, que tienen como origen las primeras narraciones ("El pozo", de Onetti es inaugural en ese sentido) en las que se reflexiona sobre la tensión entre el hombre y su ciudad, el arrebato que le provoca esa vida de aislamiento en el gentío, esa grieta que va extendiéndose a lo largo de todo, de las construcciones, del gris, de las calles, etc. Mientras tanto todo un país sigue esperando, toda una gran parte de este lugar permanece virgen. A eso llega Fernando Aínsa en "Espacios de la memoria", el libro que leo por estos días. Pero Aínsa va mucho más allá, y estudia en profundidad lo virgen que permanece para nuestra literatura ese río que nada más ni nada menos nos da nombre. Pueden quizás oponerse algunas excepciones, aproximaciones al tema como el ejemplo de "El astillero", de Onetti, o "Tres muescas en mi carabina", de Carlos María Domínguez, ejemplos que estudia Aínsa. (Yo sumaría un par de cuentos muy buenos de "El misterio Horacio Q", de Juan Carlos Mondragón). Pero lo cierto es que el ensayista llega a la conclusión de que nuestro país no le ha dado a ese río (¿nuestro río entonces?) su "Huckleberry Finn", y sigue: "Los ríos dominados y encauzados por obras de ingeniería, los caudales regulados de un mapa físico del Uruguay que ha ido sojuzgando la naturaleza, ¿lo están en realidad en las páginas de ficción?"
Me parece que al río Uruguay se le pueden sumar otros ejemplos, hay muchos fenómenos y espacios que quedan fuera de nuestra narrativa. No me estoy quejando, estoy asombrándome.
Al mismo tiempo, creo que uno de los escritores actuales que va como contra la corriente en ese sentido es el propio Carlos María Domínguez, del que Aínsa cita unas palabras publicadas en Brecha en 2002: "Vivimos a la orilla de un río misterioso, condenado a desaparecer, y lo ignoramos (...) este país está lleno de mundos inexplorados y para descubrirlos sólo hay que salir de Montevideo". Domínguez es un escritor interesantísimo, y un excelente cronista por otra parte, un cronista que ha demostrado tener una gran capacidad para explorar esos otros mundos del Uruguay y darles una hondura narrativa inigualable. "El Norte profundo" es un libro notable, y, más recientemente, "Las puertas de la tierra", su libro de crónicas sobre el practicaje en el Río de la Plata, se ha transformado para mí en una pieza muy especial de cómo tenemos que afrontar nuestra realidad. Hay un "toque" que Domínguez posee y lo hace un autor destacado. ¿Es el hecho de que al mismo tiempo incorpora una mirada "outsider" en nuestras letras? ¿Argentino devenido uruguayo? ¿Uruguayo al fin?... No lo sé. Pero el resultado está ahí para todos.

jueves, 1 de enero de 2009

Verano VI (Salinger: un subrayado)

Me enteré hoy a través del blog de Martín Bentancor que en el día de la fecha Jerome David Salinger llega a los 90 años de edad. Algo me dice, no sé qué, y es probable que le erre de medio a medio, que Salinger va por el lado de los longevos de veras: Ernst Jünger, Juan Filloy, Francisco Ayala... Con Filloy, sin embargo, hay otra cosa más en cuanto a las semejanzas. Se trata del tema de los libros inéditos. En el escritor argentino permanecer inédito, y reescribiendo con tenacidad algunos de sus libros, era una cuestión cercana a su arte poética. En Salinger, que se retiró de la escena pública si no mal recuerdo a fines de los '60, el valor de lo inédito radica en que no quiere que lo fastidien. Creo que vive en los bosques de New Hampshire y que los paparazzi mueren por una foto suya, más que la última de Britney Spears sin bombacha. Por ahí, una ex mujer despechada reveló que no ha dejado nunca de escribir, y que cada libro nuevo es guardado con celo en una caja fuerte. Así que el asunto de la longevidad acá me lleva a olisquear también el morbo que podrían tener algunos lectores obsesivos, esos que están deseando que un día de estos aparezca un Max Brod que traiga las buenas nuevas de las narraciones inéditas de Salinger. Pero no, como decía, algo me dice que el hombre va a aguantar mucho tiempo todavía y le va a aguar la fiesta a más de uno. Hay mucho de vampirismo siempre en todo lector "fanático". Por eso, mientras pensaba en eso de las relaciones de lector y escritor, me fijé en uno de los subrayados que tengo en la edición de "Seymour: una introducción". Es la primera frase del libro, fuera de las dos citas que aparecen al comienzo, no como epígrafes, sino como disparadores directos del relato. Se trata además de una frase que tengo como grabada a fuego desde hace tres o cuatro años, cuando leí ese libro, y que trato de seguir letra por letra. Va...
"A veces, para ser sincero, me parece poco satisfactorio, pero a los cincuenta años considero a mi viejo amigo, el lector común, como mi último confidente hondamente contemporáneo, y, mucho antes de que yo llegara a la mayoría de edad, uno de los artesanos públicos más interesantes y menos fatuos que he conocido me insistió en que debía tratar de conservar un respeto constante y sobrio por la amenidad de esa relación, por curiosa o terrible que fuera; en mi caso, él lo vio venir desde el principio. La cuestión es la siguiente: ¿cómo puede un escritor tener en cuenta esa amenidad si no tiene idea de cómo es el lector común? Seguro que la inversa es bastante corriente, pero ¿cuándo se le pregunta al autor de un cuento cómo se imagina a su lector? Con mucha suerte, para seguir y llegar a la cuestión -y no creo que sean de las que sobreviven a una construcción interminable-, descubrí hace una buena cantidad de años prácticamente todo lo que necesitaba saber acerca de mi lector común, quiero decir tú. Lo negarás rotundamente, me temo, pero no estoy en condiciones de dar por segura tu palabra. Eres un gran aficionado a los pájaros."

¡Feliz 2009!

Quiero desear a todos mis lectores de tartatextual un feliz 2009. Pero también quiero agradecer profundamente el hecho de que sean mis lectores. Es siempre un gran placer para mí saber que hay personas de aquí y de otras partes del mundo que siguen mis textos y los leen con atención y cariño. A todos, a los que dejan comentarios y a los que no, a los que concuerdan con mis opiniones y a los que discrepan, otra vez gracias.
Un gran abrazo.